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Sumido en sus pensamientos sentados en el balcón,
una pareja de ancianos contemplaban el atardecer,
en el pueblo de Rincón. Un ruido ensordecedor los sacó de su visión.
Con gran bulla y por la acera dos jóvenes de esa juventud burguesa,
arrastraban un “boom box”, escuchando un reggaetón!
Se miraron los ancianos elevando sus miradas.
¡Qué drástico cambio a la Isla del Encanto habría de sobrecoger!
¿A dónde fueron Tavárez, Pedro Flores y Morell?
No se oye ya a Rafael, ni el canto del jibarito,
que de mañana se oía, cuando arreaba los bueyes para salir a vender.
 
No se habían percatado del tiempo que había pasado.
Mirando a los jóvenes, perderse acera abajo
con sus cuerpos ya violados por tatuajes y ropaje,
y volvieron a sumergirse, en los tiempos ya pasados.
¿Te acuerdas, le dijo ella, las reuniones del domingo,
toda la familia presente, y los vecinos del frente
también eran invitados? Las viandas y el bacalao, siempre decían presente,
y no faltaba el mabí en pote de metal bien frío
y sin ningún desvarío el café negro al final
cada cual tenía en mente. No marcábamos, dijo él, nuestros cuerpos,
para indicar nuestro amor. De nuestro amor fue testigo el árbol de flamboyán
donde escribí yo con afán tu nombre al lado del mío.
Le dijo ella: Me acuerdo también viejito
que de vez en cuando, nos dábamos un traguito.
Ah, pero con moderación. Que para encender nuestro amor,
solo bastaba la chispa prendida en el corazón…
No poseíamos carro, contestó él, ni falta que nos hacía.
Porque a la luz de la luna, y cogiditos de mano
llegábamos a nuestro destino cuando así se disponía.
La política no era perfecta nunca lo fue ni será.
Pero no faltaba más que ahora con insultos,
calumnias, tiros y gritos, se forja nuestro destino
y no se sabe mañana lo que aquí sucederá.
Hombres como Muñoz, Antonini, Concepción,
Garcia-Méndez y otros, nos miraban a los rostros
debatiendo con honor. El público de su fervor
con sapiencia y alta estima, mirándolos en la tarima,
tomaba su decisión. No había televisión
que ninguna falta hacia. El radio con sus programas
de poesías y boleros,  llenaba nuestros corazones
de amor pasión y fantasía, y esto nos permitía
gozarnos la vida en pleno. Los periódicos, del bochinche
no devengaban dinero. Tampoco eran los voceros
del partido en el poder, y nunca dieron su integridad a torcer,
con tal de ser los primeros. Nuestras playas, añadió ella, arenas blancas.
Nuestro mar nítido y bravío. Y como lo dijo ya el bardo,
después del rigor y el duro estío nos esperaban las aguas
del tranquilo y manso río.
 
Caía el anochecer, se escucharon los coquíes.
 Las estrellas salieron a coquetear
con el sol (que al final del arduo día), ya se iba a descansar.
La pareja se levantó del sofá con miradas de querer.
Y le dijo ella a él con guiñada picaresca:
Vamos ya a acostarnos. Ya se fue el atardecer.
Nuestra vida ha sido plena aunque fue duro el quehacer.
¡Pero para cómo está la Isla ahora, viejito,
no quiero yo, ni espero que tu, tener que volver a nacer!
 
© Juan Carlos Ramos, 2007