Apenas le quedaba lo suficiente para hacer una compra más o menos decente por lo que tendría que inventárselas para prolongar, con algunos cheques sin fondo, lo inevitable.

Por la radio el alcalde anunciaba la visita del gobernador a Cerro Hondo: “Vamos a darle un gran recibimiento porque es merecedor de nuestro apoyo”

Sintió, entonces, la fetidez del mensaje en cada sílaba.

despidos11Recordó la frescura en el rostro del ahora gobernador cuando le aseguró a la Comay, durante la contienda electoral, que no habría despidos:

“En mi administración, a la única persona que vamos a botar es al actual gobernador…”

Al poco rato cantó el gallo y las gallinas empezaron a cacarear. La luz matinal se le metió en el lecho y como un chillido, la voz desarticulada de su mujer:

—¡Ya es hora de llevar los niños a la Escuela!

El noticiero anunciaba más despidos. Pero no aumentaremos el IVU.

Camino a la escuela optó por no escuchar las noticias. Prefirió recrearse en el panorama para olvidar que en poco tiempo tendría de levantarse más temprano porque tendría que tomar otra ruta y no mucho después, madrugar todavía más…

Los niños retozaban, ajenos al drama que vivía el padre.

Una muchedumbre se agolpaba a la entrada del plantel.

Era una manifestación de maestros en solidaridad con sus compañeros cesanteados.

Algunos padres se les habían unido y la principal hacía lo imposible por atemperar los ánimos de los protestantes.

—No sólo inflan los precios de la gasolina y todo sino que nos cierran los talleres de trabajo, poniendo en peligro la educación de nuestros niños —protestó uno de los manifestantes en confrontación con la administradora.

—¿Qué pasa, papi? —preguntó la niña y el nene, menor que ella, saludaba con la mano a un compañerito de clases que luchaba por zafarse del agarre de la madre en la línea de piquete.

—El pueblo cumpliendo con su responsabilidad, hija —dijo él en tono ácido.

Cuando vio que ya no hacía caso esperar porque los policías habían levantado una barricada humana entre los portones y los protestantes, dio media vuelta.

De regreso al hogar, con los niños celebrando la extensión del fin de semana, no pudo evadir el recuerdo amargo que lo llevó a aquel viernes de hace aproximadamente un mes.

Con el cheque le llegaron las malas nuevas.

—De verdad que lo siento, Aurelio —le dijo el supervisor.

El fue el primero en la oficina. Quizá porque desde la pasada administración había asumido unas posiciones que le ganaron el respeto y la admiración de sus compañeros  y un cambio de color en la boletería del cuerpo administrativo.

Luego los despidos se multiplicaron y el miedo minó la voluntad de lucha de los que  aún conservaban sus posiciones.

La crisis administrativa, más que la fiscal, marcaba la pauta y el derrotero.

Llegó abatido al hogar.

—¡Dios mío, qué bueno que están de regreso y salvos! Acabo de enterarme por la radio y pensé que ustedes estaban en el revolú. Hubo algunos heridos… —fueron las palabras de la mujer que al verlos los abrazos todavía temblando y llorosa.

Ni un solo gesto se le dibujó en el rostro. Caminó en dirección a la cocina y agarró la funda con el maíz picado que una hora antes había dejado sobre la mesa del comedor. Las gallinas al verlo, se alborozaron y volvió a recordar las paternalistas palabras del alcalde: “Es merecedor de nuestro apoyo”.

Tres o cuatro horas después, Aurelio se convertía en toda una celebridad. Pero contrario a los reclamos del primer mandatario del pueblo, el optó por apoyar a su familia y al pueblo, aún a expensas de su desayuno.

© Josué Santiago de la Cruz, 7 de oct., 2009