A Ramón Torregrosa Díaz, nuestra leyenda.
-¡A recogerse que ya mismo viene el Yure! ¡Mira que te coge!
Ese negro esclavo sale de noche a llevarse los niños que andan sueltos en la calle. Es casi un gigante. Por su tamaño y fuerza era el que usaban para el trabajo más pesado, como buey de carga, a cambio de un poco de harina, agua y un techo. Ahora viejo, con unos calzones bien grandes va arrastrando los pies y cadenas haciendo surcos en la tierra de la calle Guamaní.
—Lleva un saco a cuestas pa’l que encuentre fuera de su casa. Así es que: agúcense Moncho y Manolo, porque a Juanita por poco se la lleva si no se la arranco de los brazos.—
Con esta historia Inocencia subía al nido a los mocosos. Ya oscurecía, ya está bueno de retozos.
A esa hora el farolero echaba gas y encendía las lámparas de quinqué en lo alto de cada poste, en las esquinas del pueblo de Guayama. Pasaron todo el día correteando, jugando de esconder y a la cebollita. Con su amigo Cristóbal caminaron calle arriba por la San Antonio, pasaron la cuesta y San Ciriaco hasta llegar a la charca. Cuando bajaban con las ropas mojadas todavía, las mujeres se recreaban en los balcones bordando y tejiendo como muñecas de porcelana con sus vestidos vaporosos y almidonados. Los hombres a la orilla de la calle con sombrero de ala, hablando de política, tratando de impresionar a la dama que se abanica coquetamente con rubor. En la plaza: tertulia abierta. No faltaba un novelero de esos que se las sabe todas y mantenía la atención de los demás.
—Y… ¿a dónde vive el Yure?- –preguntó Manolo, a lo que Moncho le contestó:—Debe ser en la covacha de la casa grande, la que está frente a la Plaza, aunque Mamá Ino dice que sale de la Calle Guamaní, a lo mejor se esconde en el pasto cerca del río.—
—Mi abuelo lo ha visto por Borinquen— dijo Cristóbal.
—Acuérdate que era esclavo, debe venir de Machete por allí por la Verdegué…—concluyó Manolo.
¡Catapún! Se escuchó un ruido como piedras en el techo y… ¡a correr se ha dicho!
—¡Recójanse muchachos que por ahí viene el Yure! –– Le gritó desde la ventana Doña Tinita mientras el viejo Balbino cerraba la zapatería.
—Hay que avisar a Fernando. Por la huelga de la panadería se fue a San Juan, se hizo policía y la pobre Ino cosiendo y bordando todo el día. Los hijos están cogiendo mucho fiao. ¡Si no fuera por el Yure, ja!— guiñó el ojo el viejo zapatero.
—¡Ahhh! ¡Aaayyy! ¡Brrrruuuua!—se escucho de la nada en la oscura noche.
Jinchos como un papel, enmudecieron. Sus piernas se paralizaron y los ojos parecían de lechuza. El frío se les coló en los huesos, al tiempo que la brisa entre las ramas de los árboles silbaba un himno de horror. De repente salió un perro ladrando ferozmente por uno de los caminos.
—¡Corran que los coge el Yure!— los espantó del susto el viejo farolero.
Aquel camino que tan fácil recorrieron en la mañana se hacía eterno. Cristóbal, que era el mayor, llevaba al pobre Manolo arrastrándolo y en más de una ocasión Moncho se mondó las rodillas.
—¡Ramón! ¡Manuel!—
¡Oh, oh! Inocencia los llamó por su nombre de pila. Eso quería decir que ya tenía listo el fuete.
—¡Ino! ¡Ino! ¡Lo vimos, lo vimos! Por poco y nos agarra. Se bajó del techo de la zapatería. Su sombra se nos cruzó por los árboles de la plaza. Tenía los brazos largos y gritaba furioso arrastrando las cadenas…Pregúntale al sereno, se llevo al perro de Agripina. Como tú dices, Ino, bien grandote, un gigante, mas alto que un poste…—
¡Clan! ¡Clan! ¡Clan! ¡Clan! ¡Clan! ¡Clan! Sonó la campana de la iglesia y en la mesa Moncho y Manolo contaban a Juanita y a su madre cómo se escaparon del temible Yure. Mientras el pueblo, con las calles ordenadas como tablero de ajedrez, acurrucaba la leyenda entre olores de malagueta y guarapo de caña en un poema de Luis Pales Matos con su “calabó y bambú” en la encendida calle antillana de mi querido Guayama.
©Marinin Torregrosa Sánchez
Gracias por esribir este cuento. Cuando era niño en la Ciudad de Nueva York, familia de Arroyo dijeron el cuento de El Yure. Después de tantos años lo encontré de nuevo. Necestitamos revivir y conservar estos cuentos y leyendas de Puerto Rico.
César es del pueblo de Guayama. Según mi padre, Ramón Torregrosa, con ese personaje era que asustaban a los niños para que se recogieran en sus casas temprano.
Esa historia del Yure de que pueblo es?
Marinín, ¡qué postal tan bien llevada! ¡Qué manera de asustar a los niños con esta imagen del Yuré! Realmente cada pueblo tiene sus historias, en mi barrio aquí en Buenos Aires, se nos corría con “el hombre de la bolsa”. No te puedes imaginar la de gritos que se escuchaban cuando alguna madre intentaba recoger a su polluelo, en la calle , al anochecer y amenazaba con esa aparición de leyenda, que aunque no la creíamos del todo algún escalofrío nos recorría el cuerpo.
Mitos y leyendas de la infancia de cualquier lugar del planeta. Tus personajes creo son seres reales.
La estampa, bien lograda me alegró la mañana.
Dios te bendiga y sigue escribiendo!
Besos.
Gloria