No habían pasado diez segundos desde que apagaron la luz, cuando a alguien lleno de ventosidad, se le escapó un aire de lo profundo de las entrañas, con tal sonoridad que quebró el tímido silencio que recién había comenzado. Seguidamente se escuchó una voz que de forma alarmada gritó:
—¡Foooooo, qué peste, me ahogo! ¡Me ahogo! —
Luego vino otra protesta directa e interpelativa:
—¿Pero qué tú comiste? ¡Di lo que comiste!—
Su silencio fue una ofensa que de inmediato el quejoso reprendió tirándole con la almohada. El desinflado le ripostó, con la mala suerte de que le dio al que estaba al lado. Este a su vez le tiró con la almohada y cogió al que estaba detrás del desinflado. En cuestión de segundos, como por combustión espontánea, se desarrolló una tremenda guerra de almohadas entre todos los que estábamos supuestos a estar durmiendo en la cancha de la Y.M.C.A.
Fue una guerra de corta duración pero sus efectos fueron devastadores para la condición de los atletas y su proyectado rendimiento en las competencias del próximo día. Cuando el encargado del orden logró encender la luz, tanto él como sus ayudantes se quedaron perplejos, con la boca abier
ta y haciendo cruces ante el espectáculo que tenían ante sus ojos. Increíblemente no había quedado una sola almohada sana.
El piso de la cancha quedó totalmente cubierto por una densa capa de plumas y los catres estaban amontonados formando montañas. Algunos de los atletas, quiero decir, asistentes a la actividad deportiva, estaban cubiertos con sus frazadas y otros estaban desnudos porque se habían quitado la ropa para dormir y ahora con rostros desconcertados, no encontraban su ropa. Las voces seriotas de los encargados se dejaron sentir y con tono airado reclamaban:
—Orden, orden, orden, más respeto, demuestren lo que son, demuestren que son atletas, atletas con disciplina.—
De corrido uno de los encargados procedió a reclamar que había que limpiar todo el sitio y organizarlo como estaba, ya que el local era alquilado y no propiedad del gobierno. Casi todos empezamos a cooperar con la limpieza de la cancha, recogiendo las plumas una por una porque no había escobas, ni bolsas para basura, ni sitio donde depositarlas. A alguien se le ocurrió llevar las plumas a una covacha que estaba un piso más arriba de la cancha.
Comenzó entonces un interminable peregrinaje de seres humanos que iban y venían, subiendo y bajando escaleras cada uno con unas pocas de plumas en ambas manos. Fue como una colmena en acción concertada. La tarea fue difícil y nunca pudo terminarse por lo avanzado de la hora y el cansancio de los jóvenes que al final, desfallecidos, estaban renuentes a continuar. Ya a las doce de la noche la cancha lucía como una zona de desastre en la que todos al final pasaron una noche de perros.
Cuando la mayoría del grupo de Salinas, que nos encontrábamos tirados en una esquina del piso de la cancha ya parecía que íbamos a conciliar un sueño profundo y reparador, al filo de las cinco y media de la mañana, apareció claramente bañadito y descansado el Policía C, reclamando que nos levantáramos de inmediato de donde estábamos porque teníamos que ir a practicar para la participación en las eliminatorias que tendrían lugar en la mañana.
—¡Rápido, rápido, más rápido. Al baño, baño, baño. Estamos tarde, estamos tarde!—
A ese son nos levanto el Policía C, que lucía descansado, de buen humor y yo diría que más seguro de sí mismo desde que, horas antes, riéndose observó desde el balcón superior, el escenario de la cancha y lo que aconteció esa noche, antes de tranquilamente retirarse a descansar a su habitación especial.
Sin alternativa, nos fuimos a preparar, ahora tomando todas las precauciones en prevención de que algún maldito nos dejara sin ropa, tal y como le había sucedido a tres de nuestros compañeros en la UPI. Estos tres amigos lucían ahora como almas en pena. Caminaban por todas partes con su pantaloncito y camiseta de competencia. No faltó quien, sin saber lo que estaba pasando les gritara:
— ¡Fiebrús, fiebrús!—
Todos estábamos agotados, somnolientos y por eso, nuestros movimientos eran sumamente lentos. Sólo la astucia del Policía C se impuso. Éste, viendo lo pedestre de nuestros movimientos, en un momento dado anunció de forma amenazante:
— ¡Avancen, avancen que se va a acabar el desayuno, se va a acabar el desayuno!—
Esas palabras no fueron otra cosa que un fuerte latigazo en nuestras endebles espaldas, equivalente a un garrochazo que estremeció cuanta víscera teníamos y en un santiamén, como por arte de magia, todo el mundo quedó listo. Unos se bañaron, otros sólo se lavaron la cara y los más se dieron un lavao de gato.
Las guaguas esperaban afuera y la de nosotros esta vez se adelantó. Todos hicimos el máximo esfuerzo para llegar primero al local en la Avenida Fernández Juncos donde servirían el desayuno y lo logramos. Fue lo mejor y lo peor que nos pasó. Los organizadores del evento, sin la más mínima idea de lo que es una competencia deportiva, prepararon un desayuno para reyes y nosotros como tales, que no habíamos comido bien desde el día anterior, nos las pusimos sin miramientos de clase alguna.
Había mucho de todo y cosas de comer que nunca habíamos visto ni probado. Huevos fritos, hervidos, en revoltillo con jamón, jamones, tocinetas, panes, mantequillas de maní y oleo margarina, sandwichitos de pan especial embadurnados con misteriosas mezclas de buen gusto, queso blanco, amarillo y de bola, galletas de todas clases y de todos los colores, salchichas, hot dogs, manzanas, peras, uvas, café negro y con leche, chocolate, jugos de china, tamarindo, manzana, uva, y otras baticiones que desconocíamos, pero que sabían muy bien.
El hambre rayaba en la desesperación y los que estaban sirviendo parece que lo notaron y sin contemplaciones sirvieron porciones que desbordaron las bandejas y a la misma vez invitaron a repetir en caso de insatisfacción. Se comió de todo y mucho. Algunos hasta repitieron y hubo quien escondió alimentos por dentro de la camisa para seguir comiendo más adelante.
En cuestión de minutos quedó saciada la extrema necesidad y casi antes de que el local se inundara con la ola de atletas de todo Puerto Rico, salíamos alegres del local rumbo a la pista de la UPI en Río Piedras. Habíamos tenido nuestra primera victoria: ganamos comiendo. El chofer de la guagua, chillando gomas y en volandas avanzaba por toda la Avenida Ponce de León. Todo expectaba de maravilla y lucía brillante el acontecimiento que se avecinaba. El Policía C nos alentaba con sus palabras:
—Ya ustedes comieron y comieron bien. Ahora ustedes van a demostrar con lo que comieron lo que son capaces de producir. Darán el máximo, sorprendiendo a todos. Recuerden que ustedes representan a un pueblo y que deben agradecerme a mí que los haya traído hasta aquí. Si no lo quieren hacer por el pueblo, háganlo por mí que me estoy sacrificando por ustedes. Traten de llegar primero en sus respectivos eventos, si no pueden llegar primero, lleguen segundo y si no, tercero pero lleguen, lleguen por favor, que se vea su esfuerzo y espíritu competitivo y deportivo. Traten al menos de aparentar que llevan tiempo practicando y no me arriesguen a ser el hazmerreír del Súper y de mis superiores. Yo quisiera ganar un trofeo, pero si ustedes no lo logran, traten de conseguir una medalla de oro, plata, bronce o de lo que sea, pero algo, una cinta, una mención pero algo, ¡aaalgooo!—
Ya entrando por el portón norte de la UPI empezó la terrible odisea, anticipable y consecuente con el atiborramiento de comida consumida sin control alguno en el desayuno, y además por el deslizamiento zigzagueante de la guagua. La primera queja en voz alta fue de Tito El Negrito, que con voz quejosa alegó estar mareado y pidió que pararan la guagua. A ésta le siguió otra voz suplicante que alegó tener diarreas y le pidió al chofer que avanzara rápido hacia algún sitio donde pudiera hacer su necesidad. Ni corto ni perezoso, el chofer pidió un poco de calma, aceleró hasta más no poder y logró llegar a los alrededores del parque de la UPI.
Ya para entonces, el pánico había cundido y apoderado de algunos. Varios reclamaban estar mareados, otros decían necesitar una letrina de inmediato, sin saber que lo que allí podían encontrar era inodoro. Lo más terrible fue ver cuando el Policía C alentaba a los más desesperados a correr hacia una verja de amapolas, una especie de
pequeño pastizal, donde disimuladamente podían resolver su grave problema.
De repente, uno de los que estaba justo detrás de mí lanzó un vómito en forma de regadera en abanico que bañó de pies a cabeza a algunos, y a mí en parte me tocó lidiar con el apestoso problema donde los pedazos indigestos de los alimentos desayunados volaron por el aire. El clímax de la tragedia llegó cuando uno de los jóvenes en estado de emergencia no tuvo tiempo para salir y correr con éxito hacia las amapolas y se le salieron las churras en la mismísima guagua. Y para colmo, el Policía C les decía a los que recién llegaban de las amapolas:
—Ustedes no se apuren, ustedes son atletas, ustedes son atletas. Estas cosas pasan y hay que seguir adelante. Ahora mismo los voy a llevar a un baño para que se peguen la manguera y queden listos.—
No bien había terminado con sus palabras, cuando los que recién habían llegado de las amapolas salieron corriendo nuevamente hacia el mismo lugar para enfrentarse a la segunda tanda de diarreas.
El Policía C les presentaba su solidaridad diciéndoles que se tomaran todo el tiempo que quisieran, ya que faltaban más de dos horas para el inicio de las eliminatorias y sabía que para entonces estarían preparados. A los de estómago duro nos tocó traer agua en baldes desde los baños para tratar, en vano empeño, de lavar los vómitos en toda la guagua. Hicimos lo que pudimos, pero el olor nauseabundo jamás cedió.
A las once en punto de la mañana llamaron los oficiales de pista a los atletas para comenzar las eliminatorias según los distintos eventos y categorías. A esa hora la jinchera en los rostros de los atletas, digo, participantes ad hoc, era la constante natural después de una abortada noche, un desordenado e impropio desayuno, la plaga diarréica y vómica. No era para menos.
Jamás pensé que en ese tipo de competencia pudiera haber tanta desorganización y confusión. Realmente no se sabía la hora que era. Mi
participación fue rápidamente anulada, pues en mis primeros intentos por lanzar la pesa siempre me salí del círculo de tiro, aparte de que la pesa prácticamente caía al lado mío. No tenía ninguna clase de fuerza. Mi debilidad era extrema. Me pasaba mirando al Policía C, tratando de evadir su auscultación a mi desempeño. En una de las ocasiones pude desdibujar su cara de frustración y desesperanza. Uno a uno fueron cayendo nuestros atletas, digo, asistentes al evento. Los corredores de 50, 100 y 200 metros, todos llegaron últimos. Los de 400 y 1500 metros ni siquiera terminaron la carrera. Un verdadero desastre acorde con el material humano inexperto, sin entrenamiento y aniquilado por las situaciones acontecidas.
Yo había invitado a Efrin Barry Ramos Bermúdez, a quien cariñosamente todos llamábamos Dillinger, en alusión a un famoso ladrón de bancos americano de los años treinta. Él tenía una habilidad para transformarse y pasar desapercibido en situaciones en que cualquiera podía ser detectado. Cuando queríamos disfrutar de las frutas de árboles, que en algunas de las casas del pueblo de Salinas celosamente vigilaban sus dueños, el hombre era Efrin. Entraba, se trepaba a los árboles, obtenía las frutas y nunca nadie pudo detectarlo. Era un corredor de patines extraordinario y un corredor de carreras cortas que yo tenía por sobresaliente. Curiosamente, al momento de las eliminatorias no aparecía por ningún sitio. Él era la esperanza perdida.
Ya casi al final de las eliminatorias, en la carrera de 100 metros ganó un muchacho de Yauco, segundo quedó Mayagüez y tercero Carolina. El árbitro de la carrera preguntó por el nombre del que había llegado tercero y yo, que me encontraba cerca de él, le dije que se llamaba Efrin Barry Ramos de Salinas. Así lo apunto el oficial de récord de la pista. Efrin fue uno de los que le habían robado la ropa la tarde anterior. Cuando yo le cuestioné el por qué no había aparecido, me dijo que estaba tomando venganza en las guaguas de distintos pueblos por lo que le habían hecho con su ropa. Le informé que había llegado muy tarde, pero que yo lo puse como presente y llegando tercero en la carrera de
100 metros. Efrin era muy arriesgado y obediente conmigo.
Cuando se iba a celebrar la próxima eliminatoria llamaron a Efrin por los altoparlantes y el de Carolina quedó fuera. El Policía C, que se había momentáneamente escapado, con seguridad a darse un juanetazo, cuando escuchó por los altoparlantes que llamaron a un tal Efrin Ramos de Salinas, se presentó en el acto, sólo para tener que intervenir en la acalorada discusión que se formó por la legítima reclamación del atleta de Carolina, quien alegó que era él quien había llegado tercero en la eliminatoria celebrada una hora antes. Sin embargo, el récord claro reflejaba que Efrin Ramos fue el que llegó tercero. El Policía C envalentonado y a todo pulmón reclamaba que le querían hacer trampa, que él conocía sus derechos y que estaba dispuesto a llegar a las peores consecuencias. Alegaba que primero los dejaron sin comida, luego no los dejaron dormir, en la mañana envenenaron a algunos y ahora quieren descalificar a su pupilo.
— ¡Nadie puede alterar el récord, nadie puede quitarme lo que me pertenece. El ascenso me lo merezco!— balbuceaba entre dientes.
El altercado llegó a un punto de intransigencia, que para evitar consecuencias impredecibles se transó por echar una carrera entre los dos atletas en controversia. Para asombro de todos y más aún del Policía C, Efrin dejó bien atrás al atleta de Carolina, demostrando que él era el que había llegado tercero y nada valían otras alegaciones, cuando ya el árbitro que en realidad había visto la carrera no se encontraba en el lugar y la desorganización era tan monumental, que resultaba más práctico dejar a un lado reglas inflexibles. El Policía C ahora era todo risa, alegría y orgullo. Se paseaba como un pavo real por el frente de otros equipos.
Terminadas las eliminatorias, empezó la preparación para el desfile de inauguración de los juegos. El templete para las figuras públicas que presenciarían los juegos se comenzó a llenar. La banda de la Universidad inició el desfile y detrás siguieron las diferentes delegaciones de La Liga Atlética Policíaca de todo Puerto Rico. Nos acomodamos por todo el terreno del parque como pudimos y entonces se procedió con la ceremonia donde hablaron las autoridades de aquella época, inclusive el Rector de la Universidad y el Superintendente de la Policía, quien nos alabó como ejemplos de superación, disciplina y modelos a seguir para evitar la delincuencia y los vicios entre la juventud.
Ciertamente, el Súper no sabía de las torceduras sociales que agobiaban a nuestras familias y que en ese momento nos hacían presa fácil de tragar por los males sociales, mayormente las desigualdades.
Tan pronto empezaron las competencias, nos alejamos del lugar a fumar cigarrillos Chesterfield sin filtro. Le vaciamos una goma a una de las guaguas de Fajardo. Fuimos a los baños y escribimos en sus paredes nuestros nombres y apodos, dejando saber que habíamos estado ahí. No robamos ropa en venganza porque ya Efrin se había adelantado a tomar venganza. En ese momento de nuestras vidas, en verdad éramos modelo para delincuentes. Sólo la intervención oportuna posterior de maestros, el cura del pueblo y adultos interesados, nos salvaron de caer en vicios y prácticas delictivas y vamos, esta experiencia, vista en la distancia también fue una puerta al realineamiento de vida.
Mientras tanto el Policía C, encariñado con la participación de Efrin en la carrera de 100 metros, se comía las uñas y era todo expectación. Nosotros también esperábamos que Efrin luciera bien. Él era la esperanza. Llegó el momento de la celebración de la carrera de 100 metros, el único evento en que la delegación de Salinas participó. Sonó el disparo y Efrin arrancó como un celaje, pelo a pelo con un atleta de Yauco. La gritería era ensordecedora y según el grupo de atletas se movía hacia la meta, más ruidosa era la manifestación.
—¡Efrin en primera…Efrin en segunda…Efrin en primera…Efrin segunda…primera…segunda… primera…segunda…!—
Faltando pocos pies para llegar a la meta, el atleta de Yauco se enredó en los pies, se fue de boca y chocó con Efrin, quien a su vez, perdió el equilibrio y se cayó. Como resultado del accidente, anularon la carrera y no pudo repetirse por las lesiones que sufrieron estos competidores. Nuestro atleta resultó con una peladura en una rodilla que requirió primera ayuda médica.
De no haber sido por esto, Efrin hubiera resultado ganador. Con todo y eso, el grupo de compañeros lo elogiamos por su desempeño excepcional, no obstante el no haber descansado y todos los demás inconvenientes. Fue nuestro orgullo y el que salvó la situación para el Policía C, que airado alegaba ante el Teniente encargado de repartir medallas y trofeos que se le había saboteado su triunfo. Para salir de la situación y calmar al Policía C, el oficial le dio una placa genérica exaltando al grupo por la participación y cooperación. Eso fue suficiente para que el Policía C alegara que la iba a tomar bajo protesta y refunfuñando, llamó al grupo para que se moviera hacia la guagua.
Una vez en la guagua, llegó la abominable orden de uno de los encargados de los uniformes, quien en la puerta del vehículo reclamaba que se le entregaran los uniformes que se les habían prestado para competir. Según íbamos cambiándonos, los pasábamos al frente y esa persona iba contándolos para cuadrar con los que había entregado el día antes. Entonces fue Troya. Teníamos tres atletas que habían perdido su ropa y ese era el número de uniformes que faltaba al encargado de recogerlos.
—¡A mí no me importa lo que haya pasado. Mis uniformes tienen que aparecer. Nadie me va a coger de bobo. Soy una persona responsable y si entregué tantos uniformes pues tantos me devuelven!— Así se expresaba el inflexible oficial.
No valieron las súplicas, pues insistía en que tenían que irse desnudos para su pueblo. En eso llegó el Policía C y preguntó, al darse cuenta del alboroto:
—¿Qué es lo que está pasando?—
Entonces se le explicó y ¡para qué fue eso! Esta vez, en forma más desafiante gritaba:
—¡Dejaron sin comida a mis atletas ayer al mediodía, los obligaron a desvelarse toda la noche, los envenenaron en el desayuno, me sabotearon las eliminatorias y en la carrera final y ahora quieren mandar desnudos para Salinas a tres de mis atletas víctimas del pillaje. Ahora mismo requiero la presencia del Súper y de toda la oficialidad para que ésto se resuelva… Y sobre mi ascenso, sobre eso también tenemos que hablar!—
El funcionario encargado de los uniformes, al ver lo iracundo que estaba el Policía C bajó la guardia y desistió de su requerimiento, por lo que pudimos iniciar la marcha de regreso a Salinas al filo de las cinco de la tarde.
En el camino de regreso todo fue alegría. La peste no se sentía. Las vicisitudes sufridas se hicieron cosa del pasado y motivo de chistes que perdura
n hasta el sol de hoy. Desarrollamos muchas vivas para el Policía C, entre las cuales recuerdo un estribillo que hizo las delicias del oficial.
—¡Fulano…Fulano…Fulano ya es Sargento, Fulano…Fulano…Fulano ya es Sargento!—
La cara del Policía C era de show.
Cuando llegamos a la Plaza de las Delicias en Salinas, ya era de noche. Al bajarnos de la guagua, el Policía C, con ojos vidriosos y voz gangosa nos dio las gracias, se puso a nuestras órdenes y nos exhortó a seguir adelante en la escuela y trabajando.
Fue un providencial honor haber pertenecido a la Liga Atlética Policíaca, aunque fuera por dos días y a la fuerza.
De lo que le pasó al Policía C después, esos son otros veinte pesos.
Como me he reído. Gracias.
BUENISIMO. como me he reido. Saber que este fue el pueblo de mi padre y de mi madre. Lo leo mucho. Gracias por este portal. Interesantisisimo…
Un relato comiquísimo. Me he reído hasta más no poder. Sobretodo porque sé de las peripesias de los personajes cuyos nombres se mencionan, incluso el del policía C.
Dante es un cuentero o cuentista de hechos cómicos de siempre. !Qué bueno que ahora los escribe! Así quedarán para la posteridad.