Luni creció en el vecindario correteando por los patios y marcando territorio en cada jardín ajeno.  Su color negro azabache le permitía confundirse con la noche y salir entre los arbustos ladrando sorpresivamente, asustando a cualquier visitante del lugar, juguetón e inquieto. No se salvaba ropa en tendederos, chancletas o alfombras en su recorrido. Todo lo atrapaba entre sus colmillos, lo sacudía, lo tiraba, lo empujaba con el hocico y lo volvía a masticar. ¡Cuántas camisas, pelotas y zapatos llevó a mi puerta!  Con la basura era otro tormento. Vaciaba los zafacones y hacía estragos por toda la calle.  Sus dueños ya no sabían qué cara dar.

Si bien es cierto que nos traía a todos de cabeza, también tengo que reconocer que en mis días de ocio y esparcimiento, o en mis largos sueños en la hamaca, era él como duende con cascabel agitando su colita y lamiendo mis pies quien escribía en mi agenda vacía.

Poco a poco Luni se fue educando y acostumbrando al vecindario, o tal vez fuimos nosotros los que nos educamos y acostumbramos a él.  Con un fuerte ladrido me llama todas las mañanas a la misma hora para caminar. Ese paseo matutino lo hacemos juntos cuando el rocío baña las rosas y los zumbadores vuelan el jardín, con el sol radiante o con nubes compungidas a punto de estallar en un llanto de lluvia. La brisa lisonjera muchas veces vuela mi sombrero. Luni cortésmente me lo regresa sin interrumpir mis plegarias, las que voy recitando a lo largo del camino.

Saludamos al señor que toma café en su balcón, a la señora que barre la acera, vemos los chicos en uniforme partir a la escuela, la madre malhumorada, la muchacha bonita que siempre está hablando por su celular.  Los perros de la casa azul en la esquina salen a nuestro paso siempre furiosos. Tras la verja quedan allí hasta el día siguiente.

Luni tiene porte de caballero, tiene estilo, clase. Infunde respeto con su sola presencia, con su mirada inquisitiva intimida a los vendedores. En una ocasión al llegar a casa, Luni corrió a recibirme, como acostumbraba, de un brinco colocó sus patas delanteras en mi pecho. Caí sentada en la grama mientras me lamía la cara.

De repente se retiró y mirando hacia la calle lanzó un sonoro ladrido. Me percaté entonces que había un extraño observándonos.

—¡No, no!  No voy a hacerle nada.— dijo el hombre que cortaba los árboles del parquecito.

Luni gruñó, mostrando sus colmillos. Lo interpreté como un “¡Hum! Por si acaso.

Moviendo su cola me llevó hasta la puerta de mi casa y esperó hasta que me dejó encerrada.

Una mañana, cuando acudí a su llamado lo encontré acompañado. A su lado permanecía, como quien espera aprobación, una perra blanca de manchas negras. Lucía su mismo porte y una cara bonita (así la vi yo). Humilde y tímida bajó su cabeza como muchacha abochornada que se va con el novio.  ¡Vino a presentarme su novia!  ¡Qué delicadeza la suya de tomarme en cuenta!  Me enteré por los dueños de Luni que Manchita, así la llamaron, apareció en el parque. Alguien la dejó y nadie la procuró.

—-¡Dios! Ahora tendré que caminar con los dos— pensé.

No fue así. Manchita lo acompaña todos los días a la puerta de mi cocina.  Se despide en la acera, donde se queda hasta que regresamos de nuestro paseo. Allí con la mirada triste puesta en el horizonte, sabrá Dios los temores que encierra y que le asoman lágrimas a sus ojos de carbón. A nuestra llegada, hay que ver cómo se contorsiona en movimientos sensuales de colita y esos apapachos de hocico con los que prodiga a Luni al recibirlo. Ya más tranquilos, comparten unas salchichas que les doy porque no les gustan las galletitas de perro.

Luni vuelve a lamer mis piernas. Con mis dedos peino su lomo, tomo su hocico entre mis manos y leo esos ojos café que me cuentan de sus sueños o los míos, no sé.  Sólo sé que el tiempo pasa, que la vida es una, que los niños crecen y que el día de ayer no vuelve.

©Marinín Torregrosa Sánchez