Rafi y Ernesto jugaban una tarde de diciembre en el balcón en la casa de los abuelos de Ernesto.  Ernesto vivía en una gran  ciudad al norte de la isla y siempre visitaba a sus abuelos en las navidades. Esa navidad trajo consigo un acordeón en un estuche acabado en oro.  Rafi adoraba la música de la montaña y era un virtuoso de la guitarra. Con mucho agrado Rafi  invitó a Ernesto a ir de parrandas por las casas del barrio. 

 Al llegar la noche se puso un sombrero de paja,  un pañuelo blanco adornó su cuello y con su vieja guitarra salió muy contento a buscar a Ernesto.   

Ernesto lo esperaba acompañado de sus primos y su hermana Evita. Al ver a su humilde amigo, entre carcajadas y con tono arrogante, Ernesto dijo —Pareces un pobre jibaro y ni aunque Yo esté loco te voy acompañar—

La única razón que Rafi toleraba las cursilerías de Ernesto era la belleza de Evita y cuando vio que ella también se reía, sintió una espada que le arrancaba el alma.  Abrazó su guitarra, dio media vuelta y se fue a la esquina donde encontró el sostén de sus verdaderos amigos, los Niños Cantores del Campito.

Era viernes, día de pago y de jolgorio. Era tradición llevar parrandas por las casas del barrio y aceptar cualquier forma de pago, pero se preferían los chavitos prietos.  Muchas veces le pagaban con arroz con dulce, turrón alicante, avellanas  y coquito sin alcohol.                     

La guitarra, de armazón apolillado, solo tenía tres cuerdas y una sola clavija, sin embargo Rafi  la hacía vibrar dulcemente con tan solo tres acordes.  Los muchachos de la trulla lo acompañaban con palitos, latas, potes, maracas y nunca faltaba el guayo de la vianda.

Llegaban a las casas y entonaban sus villancicos y aguinaldos desde el portón, siempre velando al perro rabioso o a la loca que les tiraba con el agua de escupidera.

Esa noche la trulla penetró el territorio cerca del caserío viejo  y le dieron parranda a un maestro de nombre Pablo Morales.  Míster Morales los invitó a su humilde hogar y la hospitalidad sorprendió a los muchachos.   El maestro disfrutaba de la música y les dio una gran propina y con gusto pedía más bombas y aguinaldos. Eso trajo a la luz la situación del corto repertorio que tenían los muchachos que al fin se quedaron en el medio de la sala mirándose las caras.

Fue entonces que Rafi hizo su primer solo y cantó una vieja y triste canción titulada “Los Reyes No Llegaron”.

 Madre en la puerta un niño,  que está pidiendo amparo

 Quizás no tenga madre, huérfano tal vez…

Mister Morales abrazó a su esposa e hijos y los ojitos todos tenían aguados…

Los niños se despidieron de aquella agradable familia y se fueron por el malecón con el corazón lleno de bondad y buena voluntad.  Las cosas buenas no duran mucho y tuvieron que defenderse de una lluvia de piedras y correr para alejarse de la furiosa emboscada de los Niños Cantores del Caserío.

 Con el dinero que ganaron se fueron a la tienda del barrio a comprar petardos clandestinos.  Luego se fueron a buscar todos los borrachos que después del jolgorio se quedaban dormidos abrazados a los postes de la luz.  

Le tiraron petardos a un borracho que estaba medio dormido frente a la tienda de Fausto Mundo,  pero los petardo salían fallidos y el suave viento los extinguía. El borracho cantó — Yo tenía una luz que a mí me alumbraba y venia la brisa “fua” y me la apagaba—     Los niños captaron la ironía y dejaron que el  borracho pasara la juma tranquilo.

Rafi  no había olvidado la prolongada risa de Ernesto y muchos pensamientos morbosos pasaron por su mente. ¡Que muchas cosas  le hubiera hecho con aquella ristra de petardos y cuantas cavidades le hubiera reventado al burro que despreció la humildad!

Era navidad,  tiempo de gozar y bailar.  Buscaron a Ernesto, le envainaron los zapatos con ristras de petardos y se morían de la risa al ver aquel tilingo echando chispas y zapateando al ritmo de seis chorreao, mientras la trulla cantaba “Noche de Paz”.

©Roberto López