El laurel de la india que lo cobijaba se ha dormido en la plaza, frente a la Iglesia la Monserrate, a la austeridad de su sombra. Mil besos pasaron rápidamente sobre las pocas ramas, dejando un fino polvo de rocío cristalizado en cada hoja.

Un pitirre dejó su nido público y abriendo sus alas abrazaba el sol contemplando solitario el pasado desde su viejo hogar. Un domingo, víspera de Nochebuena, después de la misa sacramental, el padre Geraldo hizo la señal de la cruz al ver un inmenso guaraguao llevarle la pareja a otro nido. Dos palomas migratorias intercambiaron símbolos y se preguntaron:

 — ¿Has visto pasar la tempestad?— Una de ellas respondió:

—No, pero ni una sola pluma quedó.

El nido en el laurel quedó tronchado. Los transeúntes que han pasado por sus ruinas han dicho:

—Tal vez se cansó de su descuido o marchitó por falta de agua.

Tan vacío de sentido como una escoba, se resignó sin dar sombras a los enamorados. No hay sentido. ¿Porque el laurel quedó triste frente a la Monserrate? Para el pitirre no hay misterio ni evidencia, solo su soledad revolotea al sonar de las campanas los días de Nochebuena llevando nuevas ramas de esperanza a su nido.

©Edwin Ferrer 12/26/2009