— ¡De ninguna manera voy a permitir que hagas semejante cosa!
Los gritos de la madre le ahogaron el deseo de decir: Pero es mi cuarto…
No era tanto el color lo que la escandalizó, sino la idea de que el hijo sabía de su fobia hacia el fuego.
—Cuando muera, después del entierro, puedes hacer lo que te plazca…
Pasado el velorio el coche fúnebre se dirigió a toda carrera en dirección al crematorio.
La temperatura en el horno aún no alcanzaba los 1000 grados centígrados cuando el celular de José María Lafontaine sonó con insistencia.
—Toda la casa de rojo, como les había dicho —enfatizó y sin quitarle los ojos de encima al incinerador, le dijo al hombre que operaba los controles:
—Disponga de las cenizas a su discreción.
Al poco rato, el director del crematorio lo vio abordar la carroza en cuyos lados leía Lafontaine Funeral Home.
© Josué Santiago de la Cruz
Felicitaciones Josué! Tu ironía llega a estremecerme.
La cremación de un cadáver siempre me da escalofrío, respeto que soy polvo y reverencio el volver a él. Es cosa del Modernismo, el ateísmo, el apuro por las herencias, la falta de sensibilidad para llegar con una flor a la tumba y un largo etc.
Tu cuento está bien logrado. “A rey muerto, rey puesto”, la casa se pintó de rojo y todo siguió “pa lante”. La muerta se fue con su fobia al fuego y la curaron de espanto cremándola, si fue el infierno le sirvió de entrenamiento !!!!!!!!
Mis cariños y aplausos.
Gloria
Hoy día se hacen más comunes las incineraciones de los cadáveres haciendo otro cambio cultural, debido a las economías mundiales. Como vemos, la forma de tratar un cuerpo ha desaparecido. Las fosas mundiales se llenan de cadáveres pulverizados convirtiendo la morada de un cuerpo más parecido a un crematorio. Felicito a Josué por su forma de pintar un cuadro que llena las expectativas.