El sato daba vueltas como un loco por la plaza del mercado. Con sus ojos lagañosos y su piel descuartizada celebraba la vida.
Su amo dejó los cartones donde habitaba, el olor a aguardiente, la presunta poesía y la dulce retórica a la mujer que amaba.
El viandero y el carnicero contaron su historia y entonaron una canción:
Amor es el pan de la vida.
Amor es la copa divina,
Amor es un algo sin nombre que obsesiona al hombre
Por una mujer.
El perro se dirigió hacia el cementerio, se recostó sobre una tumba, echó un aullido de placer y se quedó dormido.
Edwin Ferrer 2/28/2010
La fidelidad del sato, nos averguenza de la falta de ella en el planeta. Temo que los animales nos están superando en el entender de qué se trata la vida…
Gracias por este minicuento que despierta la reflexión.
Aplausos Edwin, aprendemos los unos de los otros.
Cariños.
Compañero fiel hasta la muerte, tierno. ¿Alguna vez te haz sentido muerto en vida?