A Camilo Pascual lo mandó buscar el Alcalde.

— ¿Cómo le va, Pascualito?

El sonrió y nada más encogió los hombros, a lo que el joven político arguyó que era, precisamente, aquella actitud de más o menos la que mantenía de espaldas al progreso al pueblo, por lo que pasó a esbozarle, muy de carrerita, la estrategia de su administración para conjurar la pereza popular.

— Si es para beneficio de todos, no creo que sea malo.

— Esa es, amigo mío, la actitud que debemos asumir ante la urgencia, a veces penosa, del cambio. No esperaba menos de usted, un hombre noble y razonable. Sabio. Integro, Pascualito… (El imaginó que tanta arena habría de traer, como poco, su buena tonelada de cal) Se ve usted de lo más bien para un hombre de su edad. ¿Cuántos años me dijo que tenía?

— No le dije, pero son setenta.

— Válgame Dios, setenta! Ya quisiera yo vivir tanto y verme tan bien. Pero si el Altísimo me concede esa dicha, no quisiera yo estar inmerso en los avatares que conlleva tener que trabajar para sobrevivir. Es por eso, mi querido Pascualito, que le mandé buscar… (Con una mano, firme aún, sujetaba la empuñadura del bastón y con la otra, con un leve movimiento nervioso, el habitual sombrero de fieltro. Sin mirarle a los ojos, cosa que el político interpretó como una debilidad de carácter, fijó la vista en la fotografía que colgaba detrás del escritorio. El pueblo aglutinado alrededor del recién electo alcalde y al fondo una pancarta: “Ni un despido más”) Usted merece un buen descanso para que realice todas aquellas cosas que por estar atado a su trabajo no ha podido realizar, aún deseándolas con tanta pasión. ¿No es así, Pascualito? Pero no se preocupe que no se nos va con las manos vacías, como llegó a nosotros. ¿Cuánto tiempo hace, 20, 30…?

— Cuarenta y cinco años se cumplen hoy, para ser exacto, Sr. Alcalde — dijo él por lo bajo.

— Imaginese usted, casi medio siglo de servirle bien a nuestro pueblo no merece otra recompensa que no sea un merecido descanso y una pensión de por vida, para que no tenga que pasar sus últimos años en necesidad.

—Pero, Sr. Alcalde…

—No se preocupe usted por eso, Pascualito —lo interrumpió, cuando intentaba decirle que no estaba planeando el retiro. No ahora que la banda se preparaba para dar un concierto grandioso en Bellas Artes, junto a otras bandas municipales…—. Es lo menos que podemos hacer en gratitud a sus muchos años de servicio.

—¿Qué va a pasar con la banda? —aprovechó que tomaba aire para hacer la pregunta.

—Durante mi viaje de vacaciones a Europa conocí a un músico de primer orden en París, joven, enérgico que habrá de modernizar nuestra banda. Darle nuevo y refrescante aliento. Ya usted verá, Pascualito, no se preocupe por eso que ya usted cumplió.

Don Camilo guardó silencio. Reconoció que era inútil tratar de razonar con el nuevo incumbente. Tan comprensivo y tolerante que parecía. Lo vio caminar en dirección a al escritorio de donde extrajo un sobre Manila que puso en sus manos, con la indeferencia del que no guarda en mucha estima el esfuerzo humano.

—Tenga esa placa en reconocimiento a su labor y preséntese a la oficina de finanzas para que firme los papeles de renuncia. En unos meses comenzará a recibir $200.00 mensuales de pensión. (casi empujándolo hacia la salida porque tenía otros asuntos que atender) Que le vaya bien, Pascualito.

Cuando se viró para mirar hacia atrás, sólo alcanzó a ver la puerta cerrada y el letrero con el nombre del nuevo alcalde, tambaleándose.

© Josué Santiago de la Cruz