— No podía contener mi furia. Como cuando en mi pasión desenfrenada no me cansaba de acariciarla. Ese día, con la misma herramienta que ganaba el pan de cada día, le destrocé el rostro mientras dormía. Me cegué, no sé cuánto tiempo transcurrió. Sólo sé que en cada golpe grabé la imagen de ella con el otro, con el mismo juego que usó conmigo. La insaciable robó mi paz y en mi locura bajé hasta el lodo en la entrega. Con mis manos teñidas cubrí mi rostro. Mis hijos, testigos temblorosos y pálidos, incrédulos ante la escena fatal. Todo está perdido.—
— Compañero, a mí me paso peor. Me quedé sin trabajo, me atrasé en la pensión y aquí estoy. Cumpliendo, mientras afuera ella va de jolgorio en jolgorio y mi nene de mano en mano por las distintas casas de cuido. ¡Hay que ser fuerte, salir adelante mi hermano!—
Tomó en sus manos marcadas por el vicio un libro grande y grueso.
— ¡Agárrate de ésta! Aquí encontrarás tu salvación.—
En la mañana cantó el gallo. El reo y “La Rubia” de la celda ejecutiva, más de tres veces lo negaron.
©Marinín Torregrosa Sánchez