Muchos dicen que mi trabajo es envidiable. Alegan que salir fuera del pais, dormir en hoteles con dietas, un buen salario y coche nuevo, es como andar de vacaciones.

¡Si supieran!

Me gustaría que se pusieran mis zapatos y sombrero por solo un instante.

Llegar a un lugar que acaba de ser azotado por un terremoto, tornado, huracán, ataque terrorista o unas simples inundaciones y con la ayuda de un GPS viajar por tres a cinco horas hasta llegar al lugar asignado no es puro cuento. Ver que llega una persona y se sienta frente a mi escritorio y al preguntarle “¿En qué puedo servirle? Se echa a llorar y entre sollozo y sollozo me cuenta como un helicóptero militar le rescató del techo de su casa o narra como la llevaron a un hospital y al preguntar por sus hijos o su esposo, le indican, con la mirada, que es la única sobreviviente. O peor aún, que se presente una madre con su niño de algunos tres años y al regalarle un juguete me diga: “¿Este no se lo llevará la tormenta?

O quizás se siente frente a mí un hijo de buena madre (pues qué culpa tiene de haber engendrado tal individuo) y luego de indicarle que no es elegible para ayuda, me insulte a la mía ya fallecida, porque cree que el dinero del gobierno lo tengo en el bolsillo y no quiero soltarlo.

O muchísimo peor aún, que tenga que sentarme al lado de un compañero de trabajo que piensa que él o ella deben tener mi puesto de supervisor porque cree que su raza es superior a la mía dedicándose a hacerme la vida de cuadritos para ver si en algún momento me falla el intelecto y puede justificar sus prejuicios y satisfacer su ego.

El que puede sentarse de doce a catorce horas frente a situaciones de dolor y sufrimiento y al lado de seres envidiosos y racistas, merece dormir, aunque sea por unas pocas horas, en una cama de lujo que el cansancio y abatimiento no le permiten percatar siquiera.

© María Del Carmen Guzmán