Muchos dicen que mi trabajo es envidiable. Alegan que salir fuera del pais, dormir en hoteles con dietas, un buen salario y coche nuevo, es como andar de vacaciones.
¡Si supieran!
Me gustaría que se pusieran mis zapatos y sombrero por solo un instante.
Llegar a un lugar que acaba de ser azotado por un terremoto, tornado, huracán, ataque terrorista o unas simples inundaciones y con la ayuda de un GPS viajar por tres a cinco horas hasta llegar al lugar asignado no es puro cuento. Ver que llega una persona y se sienta frente a mi escritorio y al preguntarle “¿En qué puedo servirle? Se echa a llorar y entre sollozo y sollozo me cuenta como un helicóptero militar le rescató del techo de su casa o narra como la llevaron a un hospital y al preguntar por sus hijos o su esposo, le indican, con la mirada, que es la única sobreviviente. O peor aún, que se presente una madre con su niño de algunos tres años y al regalarle un juguete me diga: “¿Este no se lo llevará la tormenta?
O quizás se siente frente a mí un hijo de buena madre (pues qué culpa tiene de haber engendrado tal individuo) y luego de indicarle que no es elegible para ayuda, me insulte a la mía ya fallecida, porque cree que el dinero del gobierno lo tengo en el bolsillo y no quiero soltarlo.
O muchísimo peor aún, que tenga que sentarme al lado de un compañero de trabajo que piensa que él o ella deben tener mi puesto de supervisor porque cree que su raza es superior a la mía dedicándose a hacerme la vida de cuadritos para ver si en algún momento me falla el intelecto y puede justificar sus prejuicios y satisfacer su ego.
El que puede sentarse de doce a catorce horas frente a situaciones de dolor y sufrimiento y al lado de seres envidiosos y racistas, merece dormir, aunque sea por unas pocas horas, en una cama de lujo que el cansancio y abatimiento no le permiten percatar siquiera.
© María Del Carmen Guzmán
Gracias amigos, despues de mi amado Dios, que siempre me acompaña, son Encuentro al Sur y ustedes, quienes me brindan la oportunidad de leerles y olvidar, por un instante lo que tengo delante.
Adelante María del Carmen, Sigue demostrando el corazón de oro de los puertorriqueños. Siempre estamos dispuestos a ayudar en las tragedias propias y en la de los demás pueblos. Todavía estamos en Haití aunque ya las cámaras del mundo se alejaron.
Maria del Carmen me uno de corazon a tu sentir…yo tambien tuve la experiencia de supervisar a un grupo de empleados en el centro de apoyo que se abrio en Ponce cuando la tragedia de Mameyes. Hasta compañeros de la misma agencia mia cuestionaban mi presencia porque yo no pertenecia al area de Ponce. Ellos no pensaban en el sacrificio que uno tiene que hacer abandonando a la familia para ayudar a unos seres que perdieron no solo pertenencias materiales sino tambien a toda o parte de su familia. No quiero recordar todos los eventos que alli se vieron pero te juro Maria, que de suceder otra catastrofe de esa magnitud dire presente a donde me necesiten. Tu tambien eres una del grupo que aca llamamos “Salinazos”. Demuestre,
en cualquier sitio que le asignen, la calidad de corazon que cargamos los que tuvimos la dicha de haber nacido en esta bendita tierra…
El trato con el dolor no es para envidiar. Por más que te den cama de pluma, el ojo, el oído, la mente entera, no descansa después de haber sido envestida por las mil plagas de Egipto.
Muy bien narrado y apunta a la cabeza. Eso es lo mejor.
Cariños, María del Carmen!
Hay personas que hasta la desgracia ajena envidian… de todo hay en la viña del Señor. ¡Adelante María!
Así son las cosas, no todo es color de rosas. Eso de viajar por esos lugares y bregar con situaciones volátiles hace tu misión un poco peligrosa. Y peor, no siempre queda un hotel de lujo o quiere la suerte que el ambiente del hotel, por muchísimas razones, te hace sentir como un confinado…