A Pablo Cola
Cuando los ujieres pasaron las canastas, ninguno se arrimó al pordiosero que ocupaba el más apartado banco del Templo. Quizá pensaron que nada de valor tendría para ofrendar a la Iglesia o a lo mejor fue el olor que de su cuerpo se desprendía lo que les impidió caminar el trecho que lo separaba del resto de la congregación.
Pasada la homilía, comenzó el ritual eucarístico.
El cuerpo y la sangre de Jesús fue repartido entre los devotos que, caminando en procesión, se agolpaban en las gradas del altar para recibir las bendiciones de manos del sacerdote y los diáconos.
En algún momento el pordiosero levantó la cabeza para observar el acto purificador y se encontró con el gesto duro de uno de los laicos que le hizo señas para que no se moviera de donde estaba. Entonces volvió a sembrar el rostro detrás del espaldar del asiento hasta que sintió desiertas las naves.
Luego caminó al altar y allí, en la pálida penumbra tamizada, se postró a los pies del Cristo Crucificado. Llevó una mano al bolsillo y extrajo una moneda de un centavo, que era su única prenda de valor, y la depositó en el mármol.
—Gracias, Dios mío, porque eres bueno.
Hacía un rato que el sacristán lo vigilaba, escondido detrás de las cortinas que separan al ara de las frías recámaras sacerdotales. Lo más seguro sospechaba que el hombre tuviera malas ideas y cuando lo vio caminar en dirección a la calle se le fue detrás, ahuyentando con un sahumerio el hedor que a su paso iba dejando.
Una vez el mendigo hubo salido del Templo, el sacristán cerró las enormes puertas. Pero al volver al altar se encontró con el centavo, viejo y maloliente. Lo recogió con la punta de los dedos y se lo llevó al bolsillo.
Cuando hubo terminado la limpieza se postró ante la imagen de El Mesías y oró por el bienestar de los menesterosos.
Amén.
© Josué Santiago de la Cruz
Ilustración: “To pray” de Darwin Bell
Quiero añadir un comentario sobre la narración “A Pablo cola”. Traigo otro elemento para incorporar a la discusión. Las perspectivas de los personajes en cuanto a la moneda. El mendigo se despojó de su riqueza y el sacristán ante esta aparente nimiedad, matizó la avaricia; aun cuando sólo sea una moneda de poco valor. A muchos nos consta que dentro de las varias fuentes de ingresos también las iglesias se nutren del “poco dinero” que se recibe de hermanos “mendigos”, nimiedades que se acumulan y viabilizan la adquisición de bloques completos en nuestros municipios y predios de muy hermosas y valiosas tierras. Claro, también hay otras muchas historias!!
Josué querido: Tengo muy claro que el número de seres que invocan el nombre de Cristo en vano es una cifra supermillonaria! ¿Quién nos asegura que el hábito hace al monje? “Con el disfraz, el antifaz” decía mi abuela y además me acuerdo de otro refrán de mis ancestros “Nadie es rico con lo suyo propio”.El fariseísmo de algunos arruina la devoción inocente de otros. Has retratado el desprecio y el prejuicio de manera singular y lo mejor es lo que el lector interpreta de esto en cualquier contexto de la vida.
Abrazos cálidos siempre.
Gloria
Julio Cortázar calificaba a los lectores de machos y hembras. Agarró a la bestia por la cola y poco le faltó para que, como El manco de Lepanto, tuviese que rescribirlo todo para que se fijasen más en lo que dejó escrito que en las cosas que dijo. A Borges le perdonaron atrocidades y al pobre Cortázar casi lo guindan por esa analogía que, en principio, es tan cierta como cierto es que si lo hubiese dicho yo me mandan pal casino.
Anyhow, el lector macho de que nos hablara el argentino es aquel que somete a cirugía cada texto. El que se le mete en la cabeza al escritor (a) y reta sus potencialidades. Un verdadero explorador que no acepta ni da cuartel en sus lecturas. Un decodificador de textos para quien cada lectura es una cruzada, un combate de cuerpo a cuerpo con el creador (a) del texto en cuyo combate no se gana por descalificación ni hay empates ni nos llega el triunfo por puntos ni se puede adjudicar un contest. Se gana o se pierde por la vía del cloroformo.
Te felicito, Maggie, porque encarnas a ese tipo de lector (a) incisivo del que nos habló Cortázar.
Gracias por leerme y comentar.
Josué
La frase “Lo recogió con la punta de los dedos y se lo llevó al bolsillo.” es determinante.
Excelente!