A Pablo Cola

Cuando los ujieres pasaron las canastas, ninguno se arrimó al pordiosero que ocupaba el más apartado banco del Templo. Quizá pensaron que nada de valor tendría para ofrendar a la Iglesia o a lo mejor fue el olor que de su cuerpo se desprendía lo que les impidió caminar el trecho que lo separaba del resto de la congregación.

Pasada la homilía, comenzó el ritual eucarístico.

El cuerpo y la sangre de Jesús fue repartido entre los devotos que, caminando en procesión, se agolpaban en las gradas del altar para recibir las bendiciones de manos del sacerdote y los diáconos.

En algún momento el pordiosero levantó la cabeza para observar el acto purificador y se encontró con el gesto duro de uno de los laicos que le hizo señas para que no se moviera de donde estaba. Entonces volvió a sembrar el rostro detrás del espaldar del asiento hasta que sintió desiertas las naves.

Luego caminó al altar y allí, en la pálida penumbra tamizada, se postró a los pies del Cristo Crucificado. Llevó una mano al bolsillo y extrajo una moneda de un centavo, que era su única prenda de valor, y la depositó en el mármol.

rezo—Gracias, Dios mío, porque eres bueno.

Hacía un rato que el sacristán lo vigilaba, escondido detrás de las cortinas que separan al ara de las frías recámaras sacerdotales. Lo más seguro sospechaba que el hombre tuviera malas ideas y cuando lo vio caminar en dirección a la calle se le fue detrás, ahuyentando con un sahumerio el hedor que a su paso iba dejando.

Una vez el mendigo hubo salido del Templo, el sacristán cerró las enormes puertas. Pero al volver al altar se encontró con el centavo, viejo y maloliente. Lo recogió con la punta de los dedos y se lo llevó al bolsillo.

Cuando hubo terminado la limpieza se postró ante la imagen de El Mesías y oró por el bienestar de los menesterosos.

Amén.

 

© Josué Santiago de la Cruz

Ilustración: “To pray” de Darwin Bell