Serie El Microrrelato

Las grandes corporaciones (OPED, los bancos, etcétera) nos están comiendo vivos. Todo está por las nubes: el pan, la leche, la carne y los vegetales, las golosinas cuestan un ojo de la cara, la gasolina ni se diga y para colmo el desempleo sigue aumentando y el valor adquisitivo del dólar va en picada. Pero hasta para dar una vuelta con la familia los domingos sobrecargamos el coche. De tener el espacio disponible en la cajuela cargaríamos con el inmueble.

Esa es una realidad cotidiana nuestra. Penosa realidad, sin duda. Una mala costumbre de todos nosotros.

Ese enamoramiento con las cosas irrelevantes nos engulle. Todo nos parece importante, indispensable. Irrepetible. No queremos dejar nada atrás porque nos aterroriza, aunque no lo verbalicemos de ese modo, el sólo hecho de desapegarnos de algo que estuvo tanto tiempo a nuestro recodo.

Igual nos pasa al momento de abordar el microrrelato.

En teoría reconocemos la importancia de la brevedad en el léxico narrativo, cuando se viene a la microficción. Pero en la práctica nos desencanta ese miniaturismo que se nos antoja incapaz de expresar, con toda su fuerza, con toda su magnitud y con toda su elegancia léxica, lo que fluye a raudos por nuestras cabezas. O lo que imaginamos que es, sin ser.

El precio del sobrepeso en la máquina se traduce en gastos innecesarios por conceptos de gasolina y reparaciones mecánicas que terminan desestabilizando la unidad familiar, porque, siendo el dinero “la raíz de todos los males”, la carencia de éste es el INFIERNO.

Todo eso aplica igual al microrrelato.

Cuando sobrecargamos nuestros textos, los hacemos pesados, lerdos, barrigones y torpes.

Como decía Pumarejo (ex maestro de Escuela Superior en Salinas) en su clase de Gobierno: “Tomen notas” aquellos interesados en la literatura minimalista.

© Josué Santiago de la Cruz