Vivía encadenado aun cuando el sol se ocultaba adormeciendo sus sentidos, mientras un silencio lo embriagaba con aroma de clavel. Para él, era difícil jugar luego de haberla perdido. Respiraba profundo intentando detener las manecillas del reloj y no volver a su pasado. Pero ahí estaba; en la plaza del mercado, tras la cortina de humo, pensando en ella.
—Eres tú, la que destilas aromas de presencia aun cuando estás ausente. En la obscuridad hundiste mi larga noche dejando un dolor que adormeció mi corazón y me arrancó un trozo del alma—dijo dilatando sus pupilas.
Un perro ladró su furia. Las palomas levantaron vuelo, alguien pidió yautía y calabaza. Jesús descendió, lo agarró de la mano, lo sacudió y pidió que lo velaran parao.
@Edwin Ferrer
Wow, me gusta mucho lo que escribes…..