Llegué como de costumbre a nuestro encuentro, arregladita, perfumada y con el ajuar más sensual que encontré.

-Mi amor, ¿cómo está la cosita más linda de papá? Ven mi vida, mi corazón, mi muñeca.

Tanta dulzura me extraño. Nunca le había escuchado hablarme así.

-Ven aquí a la cama, aquí está papito.

¡Ja! Solté la cartera, me abrí el escote y agité mi cabellera mientras caminaba remendándome toda hasta la habitación.

Mi pecho latía y sentí como el calor me arropó el cuerpo. ¡Por fin una noche de romance!

-¡Cómo te gusta que te acaricie, ah bandida! Te pones sata rápido, ¡condená!

¡Oh Dios! Se me dio, tanto quejarme por su frialdad y hoy está hecho un caramelo azuquita. Me detuve en la puerta y estilo película porno me recosté en el umbral levantando sensualmente mi pierna derecha. Suavemente tratando de imitar a Angelina Jolie le dije con voz de “fatal attraction”:

-¿Me llamaste, papi?

-¿Y qué tú haces parada ahí como una estaca? ¿Te dio garrotera en la pierna? ¡Jesús mujer! ¡Cúbrete que me acuerdas las Cataratas del Niágara… ¡por la caída!

La perrita sata movía su colita, recostada sobre el pecho lamiendo la cara de mi galán.

Yo dormí en el baño, otra vez con mi amigo.

©Marinín Torregrosa Sánchez