El padre Jacinto le dijo al hermano Emanuel:

—Mañana te toca ser Judas. Hay que dar a otros la oportunidad de subir al Gólgota.
— Pero padrecito…
— ¡No hablemos más del asunto!

Después del Vía Crucis, cuando el sacerdote se aprestaba a cerrar las puertas del templo, porque el sacristán no aparecía por ninguna parte, sintió que se elevaba hasta las vigas. Sacudió el cuerpo, como un pez, y se mordió la lengua.

 

©Josué Santiago de la Cruz