La sangre fluye mientras su cuerpo apuñalado tiembla. Sus palmeras de pelo ondulado se marchitan con el aceitoso barro que baja de la montaña caudalosamente.
Mañana vendrá la aurora y los flamboyanes despertarán al llamado de los quinientos años de la conquista y de la esperanza fascinada.
— ¡La han herido!— respondían los coquíes desde la orilla del rio.
— ¿Herido?— Respondía el verdugo con su puñal ensangrentado, al tiempo que aceleraba la construcción del gasoducto.
Un estertor, lágrimas y negrura que baja de pueblo a pueblo en silencio.
Los vecinos contarán su funesta historia y hasta los arboles de ceiba escaparán de los barrios y las casas de madera y cemento no la olvidarán. Algunos vecinos se cortarán las cejas, se llevarán las banderas tatuadas a sus espaldas y se despintarán sus ropas con dólares y centavos. Sonreirán, se alegrarán y girarán en torno al chirrido de un reggaetón. Porque el puñal en la mano del verdugo los vigila y mañana… ¿Quién sabe cómo se llamará la Isla?
©Edwin Ferrer
Quieren sembrar acero
Donde crece el coquí
Y los que son de allí
Se oponen con esmero.
Una zanja gaseosa de norte a sur
bajo la tierra donde crece el gandul.
Tuberia volatil que da susto
Uyiyuyi, pal c…, el gaseoducto.