La calle era un tumulto de tránsito y gente apurada. Últimamente las personas hablaban solas al caminar, gesticulaban, hacían malabarismos con sus paquetes de colores, miraban demasiado al suelo y muy poco al cielo.

Era tan extraño el comportamiento humano, que hasta habían olvidado las estrellas, de la luna nadie sabía sus fases y al sol se lo bloqueaba con protector por temor a sus rayos.

Irene salía del trabajo a las siete de la tarde y se metía temblando en la marea de rostros sin nombre, buscando una boca de subte que la condujera al otro manicomio bajo tierra, habitado por trenes adictos a la oscuridad y a las multitudes, que a codazos se desparramaban jadeantes en sus pasillos gastados.

La gran ciudad tenía encanto y espanto, del encanto Irene recordaba las tardecitas del tango de Piazzola, ya de otra época, cuando la clase media se metía en las confiterías paquetas a saborear té con masas o cuando los jóvenes paseaban amarraditos orgullosos de sus amores al viento. En cambio del espanto… había piquetes, robos, crímenes, como en un capítulo del Dante, inserto en la urbe del siglo cibernético.

Irene se sentía hueca, indefinida, aislada como un plátano en su cáscara, mullida de dudas y de miedos, insatisfecha y gris. Era una mujer de mediana edad, soltera, quiero decir sola, con los ojos apagados por la falta de amor pleno. Desangelada, cumplía con sus tareas de oficina y pegaba la vuelta a las siete, luego de ocho horas reglamentarias, en busca de su apartamento diminuto con una ventana, en planta baja, que la hacía sentir, con el murmullo callejero, a punto de ser avasallada por la turba.

Una mañana de otoño, se vistió de negro, para hacer juego con el día nublado y salió desprovista de entusiasmo hacia la oficina.

Garabateó en su mente las mil y una baldosas de la vereda, mientras un entrometido silogismo suicida se le filtró en la cabeza.

No vio  la marcha de protesta que marchaba tras ella, se paró apretando la cartera antigua, se puso una sonrisa de emoticón en los labios y dejó que los pies de la turbamulta la pisotearan  cientos de veces; no sintió nada…hacía años que no tenía sentido el ser o estar.

El malón corrió enfebrecido sobre su cuerpo plomizo, convertido en un medallón gris redondo, con sonrisa rectangular y dos ojos borroneados que enmarcaban un agujero a modo de nariz singular.

Quedó allí, confundida con el asfalto, pétrea, casi feliz.

©Gloria Gayoso; foto Eva Lewitus