A Rafa Negroni, Perea, Danny Torres y Josué Santiago de la Cruz, y a todos los artistas ‘jodíos’.
—Buenos días señorita, me interesaría saber si el nuevo libro de Rómulo Perales, Caja de Muertos, está a la dispocisión.
— ¿Caja de qué? — preguntó la dependiente de la librería, entre masticadas de chicle, después de tomarse su tiempo en contestar la llamada.
— La nueva novela de Rómulo Perales, Caja de Muertos. Vi su aviso en el diario— contestó Fulgencio.
— Permítame un momento, caballero.
Fulgencio enroscó el rabo del gato en su dedo, que de un salto despertó y se marchó hacia un nuevo cobijo.
— ¿Lo puedo ayudar en algo? – escuchó.
— Sí, ya le expliqué a la señorita sobre el libro.
— ¿Qué libro, señor? —preguntó el encargado.
— Caja de Muertos de Rómulo Perales. Tengo entendido que mañana dará una presentación en su librería, pero temo que no puedo asistir y me gustaría comprar unos ejemplares de antemano.
— Oh!, Rómulo Perales. Sí, pero no tenemos el libro en estos momentos ¿Cuál es su nombre, señor?
— Ooook…. ¿Qué no tienen el libro? – perplejo cuestionó, la impaciencia ya perfilada en su rostro. — ¿Y por qué quiere saber mi nombre?
— Un segundo por favor.
Entre silbidos, Fulgencio contemplaba el techo, mientras, esta vez, torcía el cable del telefóno.
— ¿Va asistir mañana a la presentación? – preguntó el caballero.
— Le dije que no puedo, por eso quiero comprar dos ejemplares hoy.
— ¿Y por qué no puede asistir, caballero?
— Porque me voy de viajes mañana en la tarde — a regañadientes replicó.
Después de varios momentos más de angustia, el director lo convenció a que llegara antes de la actividad para comprar los libros.
—Soy Fulgencio Obelmejías. Vengo a buscar los dos libros que compré ayer.
—¿Qué libros, señor? — preguntó la misma joven del otro día, hasta que cayó en cuenta. — Oh sí regreso en un momento.
Los pitidos se escapan entre el tamborileo de sus dedos. El pie, ya agitado, sobeteaba el suelo. Varias veces había ojeado el reloj y a las copias en la estantería.
— ¿Cuál es el nombre del libro, otra vez? — preguntó la señorita al regreso.
— ¡Puñeta, Caaaja de Muertos… Caaaaja de Muertos, coño! —gritó con los pulmones en la garganta. Las venas se formaron como riachuelos serpentinos en su rostro.
— No tiene que alterarse, señor. No sea grosero.
Después de otro bramido, saltó el mostrador, cogío dos libros y se escapó.
Al cabo de media hora, el policía le preguntó al director, rodeado del autor y el público atónito, sobre lo sucedido.
—Aparentemente un fanático del Señor Perales, esos lunáticos que lamentablemente merodean por ahí, saboteó la actividad— explicó.
—Tengo entendido que además hubo robo. ¿Cuántos libros hurtó?
—Los únicos dos que vendimos.
© David Roche Santiago
28 de mayo del 2011
Las Artes, en este caso la literatura, es el pretexto del que se vale David para hablarnos del escritor y su público: el lector. Pero nos habla, en este breve, que no lo es en su contextura temática, porque expresa más su narración de lo que en ella cuenta, de ese otro personaje en la vida del escritor y su obra y en la relación que este aspira a tener con su público lector: el librero.
Si nos quedáramos en eso que arriba menciono, el cuento de David, que tan ingeniosamente ha titulado Libre-ría, sería un discurso denunciando, precisamente, que esa relación privilegiada que debe darse entre el escritor y sus lectores, es más risible que libre.
De entrada, el cuento nos plantea un serio problema de comunicación por parte de aquel que, según la tradición, funge como intermediario entre el escritor y sus lectores: el librero.
Esa muralla burocrática que levanta entre ambos el dependiente de la librería y su ineptitud en el desempeño de sus funciones, parece salido de un libreto para añadirle hilaridad al relato, pero no es ajeno a la realidad que vemos y vivimos a diario en las librerías y en todo lugar.
Hay tela para cortar en el cuento, pero como esta dichosa máquina no deja de congelarse a cada momento, con el calor que hace, mejor lo dejo ahí para que otros hurguen más a ver qué le sacan.
Muy bueno David y gracias por la dedicatoria.
David logras contagiar la angustia de Fulgencio, Muy bueno.