El administrador de la Central parecía general romano, imponente. Imbatible.

—Ventura —dijo Hortensia— ¿Qué traerá a Mr. Luri por estos lugares?

—No tengo ni idea.

En el batey, a la sombra del único árbol que allí crecía, la hija del matrimonio retozaba con un perrito sato¹ que el padre encontró vagando por el cañaveral. Tenía, entonces, la niña unos 11 años y como no había otros niños de su edad con quienes entretenerse, se la pasaba retozando con el chingo² y correteando por el callejón.

Aún trepado en la bestia, el gringo saludó al matrimonio.

—Cómo liubo, Mr. Luri —dijo Ventura y su mujer nada más lo miró.

—Inspeccionando los sifones. ¿Pero no me invitan a un cafecito ni a un vaso de agua? —dijo con la sonrisa que nunca le negaba a los campesinos.

Al poco rato compartían al pie de la única escalera de la casa porque no les aceptó la invitación para entrar.

—A pocas semanas comienza el Tiempo Muerto —dijo el americano—. ¿Cómo le gustaría seguir de regador para los retoños?

La mujer se puso contenta y él, inexpresivo, asintió con la cabeza.

—Está linda la nena…

Cuando pasó junto a ella le lanzó un puñado de dulces. Ventura, entonces, agarró el machete para amolarlo.

JSC

11/17/2011

1-2 Callejero, sin pedigree