
Si Dios existe quiero pedir tres cosas:
el volver a encontrarte,
el mirarme en tus ojos
y acariciar tu boca.
Pero si Dios existe
y niega mi pedido
sabré que no lo ha hecho
para soñar contigo.
Porque al verte,
asombrado
le pasó lo que a mí,
que al mirarse en tus ojos
se enamoró de tí.
Ojos astrales y Ruego son dos madrigales boricuas de alto vuelo. En ambos Dios es protagonista. Ambos autores confrontan a Dios como el que quiere jugarle una mala pasada, en este caso pintándolo con atributos humanos. Confrontación que no debe enfadar a los cristianos, puesto que Dios hecho ser humano es la característica singular del cristianismo. Pero en estos dos madrigales la humanidad de Dios es tan cotidiana como la de cualquier ser humano común y corriente. Es la humanidad de un dios definitivamente macho. Dios se esboza tal como los dioses de la mitología grecoromana, visceralmente humano, con sentimiento y pasiones más cercanas al lado oscuro de nuestra humanidad. El dios de José PH Hernández es iracundo, posesivo y no admite desafíos a su poder. El dios del poema Ruego se asombra y sucumbe de amor ante la belleza. Las interrogantes que quedan sobre el papel sugieren que lo asalta la envidia y que es capaz de robarle a otro el amor de una mujer. El relato que subyace en ambos poemas nos conduce a una exaltación de la belleza de la mujer a traves de la sublime glorificación de los ojos en los versos de estos autores masculinos.
Sergio
El poema es bellísimo! Esa metáfora de un Dios enamorado que le niega respuestas al que clama es de gran vuelo. Poema con ritmo, acaricia al recitarlo y esconde melancolía y esperanza al mismo tiempo. Tiene un final abierto da las dos posibilidades que Dios conteste la plegaria o que la deje de lado. Lo demás corre por cuenta del lector. La literatura, la poesía en este caso, debe provocar un movimiento de sentimientos, si no, es vana letra sin fuerza.
Bravo¡ José Alberto.
Felicitaciones.
Gloria
El Madrigal, como el microrrelato, se vale de la sonoridad de la palabra breve y bien calibrada para crear un efecto de belleza incontaminada, de riachuelo virgen, que casi nunca se logra en composiciones más extensas y/o elaboradas. Es hermoso y lírico el Madrigal, «breve, tierno y galante», han dicho otros. Iguala en belleza al Hikiu y como ya apuntamos arriba, al microcuento.
Los poetas italianos del renacimiento europeo lo llevaron a niveles estéticos nunca antes vistos y los primeros maestros del barroco lo vistieron de complejidad.
En Puerto Rico, aunque no encontró terreno fértil para que brotase su flor exquisita y bella, tuvimos un poeta que escribió uno que rivaliza con cualquier otro creado con anterioridad: José P. H. Hernández:
~ Ojos astrales ~
Si Dios un día cegara toda fuente de luz,
el universo se alumbraría
con esos ojos que tienes tú.
Pero si —lleno de agrios enojos
por tal blasfemia— tus lindos ojos
Dios un día te arrancase, para que el mundo
con la alborada de tu pupila no se alumbrase;
aunque quisiera, Dios no podría
tender la noche sobre la nada….
Porque aún el mundo se alumbraría
con el recuerdo de tu mirada!
José P.H. Hernández
Sin duda, “Ojos astrales”, es uno de los madrigales más hermosos de los que se hayan escrito. Pero, muchos años después de P.H. Hernández haber escrito su inmortal poema, otro poeta nuestro, tocayo suyo, hijo de Salinas, de cuna humilde y casi ninguna formación en el difícil Arte de la poética, hijo de una conserje de Escuela y un obrero de la caña, José Alberto Santiago, escribió su propia versión de Madrigal, al que, ni “ojos astrales” ni ningún otro hasta hoy conocido le hace sombra:
~ Ruego ~
Si Dios existe
quiero pedir tres cosas:
volver a encontrarte,
mirarme en tus ojos
y acariciar tu boca.
Pero si Dios existe
y niega mi pedido
sabré que no lo ha hecho
para soñar contigo.
Porque al verte, asombrado,
le pasó lo que a mí:
que al mirarse en tus ojos
se enamoró de ti.
José Alberto Santiago
La belleza sin paralelos que observamos en “Ruego”, de José Alberto Santiago, lo lleva a humanizar la figura de Dios ante la belleza sin nombre de la mujer que ama.
Todo hijo de Salinas y todas sus hijas, en el lar querido o en el extranjero, debería legitimar su orgullo salinense reconociendo que nuestro suelo ha dado a poetas del calibre del autor de “Ruego”.
Josué