Pegasos, lindos pegasos,
Caballitos de madera.
………….
Yo conocí siendo niño,
la alegría de dar vueltas
sobre un corcel colorado,
en una noche de fiesta.
En el aire polvoriento
chispeaban las candelas,
y la noche azul ardía
toda sembrada de estrellas.
¡Alegrías infantiles
que cuestan una moneda
de cobre, lindos pegasos,
caballitos de madera!
Antonio Machado
Poesías Completas
A Morenillo, Cañamazo, Elifá, Bin, Sergio, Saúco y a Negré, todos ellos de Talas Viejas
El papá de José Luis era muy diestro con las manos. Tallaba bastones de caoba y empuñaduras de guayacán para palas de corte que los peones de Godreau pagaban bien: 50 centavos de a dólar la pieza. Pero era en la fabricación de juguetes que el viejo hacía alardes de su talento: camiones de carga, coches de lujo, casas de muñecas que parecían castillos…
Sin duda, don Daniel era un hombre bien calibrado para la fantasía. Y José Luis no le caminaba muy rezagado.
—Hazme un caballito, papi, pa´ jugar a los vaqueros… -le pidió, agarrándolo por el cuello, como solía hacer cuanto quería ablandarle el corazón.
A la mañana siguiente el viejo se fue al monte a cortar la mejor vara de almácigo que pudo hallar para hacerle el corcel al hijo. La envolvió bien en tres toldos de harina de trigo que había cosido para ese propósito y exhausto, pero contento, regresó al hogar, silbando.
Con una soga anudada a uno de sus extremos colgó la vara en el árbol de bellotas que crecía libre en el batey para que sudara los fluidos y se hiciera más liviana y resistente.
Al cabo de dos semanas la desguindó, le quitó la corteza y la pintó de un negro intenso, como los báculos de los sacerdotes egipcios.

De un pedazo de caoba le talló la cabeza, a la que le incorporó todos los detalles que pudo recordar del alazán que, cuando niño, le regaló el padre: los ojos brillosos, vivaces y alertas, los belfos expandidos, la boca jadeante y las venas atravesándoles la altiva frente hasta las comisuras de los ojos, abiertos al espanto.
Le puso una crin sedosa, negra también, como una noche sin luna ni amaneceres. Confeccionó las bridas de unas tiras de cuero que tenía colgadas de una de las vigas de la tormentera, y para facilitarle el desplazamiento por los intrincados vericuetos y veredas de la vecindad, le adhirió una rueda engomada.
—¡Ven José Luis!
Los ojos del muchacho destellaban de gozo al ver su sueño hecho realidad y sin pensarlo un instante se lo puso entre las piernas y se fue a todo galope, callejón arriba, azuzando a la bestia:
—¡Arre, Faraón, ¡arre…!
Pasado el tiempo, José Luis le empezó a demostrar un extraño afecto al caballito de palo. A todas partes se hacía acompañar de él: a la Escuela, a sus escapadas al Lago de Majero, a la Colonia Godreau, a Caño Verde, a los pasadías a la playa los domingos o simplemente en sus habituales correrías por el barrio y la cañada.
La madre, en ocasiones, solía preguntarle:
—¿Con quién demonios hablas, muchacho, que sólo oigo tu voz?
—Con Faraón, mami -respondía él.
Todas las tardes el padre se entretenía retocando el juguete con el que también sostenía extensos soliloquios. Pero él conversaba con todas sus creaciones, aún con aquellas que la necesidad había apartado de su entorno para convertirlas en los hijos pródigos, víctimas de la fatalidad.
—Mira cómo te tiene de descuidado ese haragán, Faraón. Te hace corretear por esos pastizales infectados de malas yerbas para luego traerte todo cubierto de mataduras…
Un sábado, poco más o menos en horas del mediodía, María Lila, que así se llamaba la madre, asomó la cabeza por el falso de la puerta de la cocina y gritó:
—¡José Luis!
Lo llamó varias veces sin recibir respuesta.
Movido quizá por el fastidio que le causaban los gritos de la mujer, don Daniel, su marido, le dijo desde la tormentera:
—Ese bribón debe de estar correteando por ahí como puerco cimarrón.
—¡José Luis! -volvió a llamarle, ahora con más aplomo.
Envuelto en una capa de polvo, y con el caballito de madera entre las piernas, el niño acudió al llamado de la madre.
—¿Me llamaba, mamá? -preguntó, jadeante.
—¡Hace rato que lo estoy llamando, muchacho desatendío, y usted haraganeando con ese palo por el cañaveral! Tenga —le alargó un papel—, vaya a buscarme esos encargos al cafetín de don Manolo —le dijo, enfurecida— ¡Y deje ese palo ahí si no quiere que se lo desbarate encima!
—¡Váyase caminando que falta que le hace caminar! -le gritó el padre desde el refugio- Puñetero muchacho pa ser tan vago.
José Luis, casi a punto de llorar, miró al padre y éste le guiñó un ojo.
© Josué Santiago de la Cruz