Llegó hasta el mostrador para saldar la factura de lo que se habia comido: un suculento salcocho que sus amigos le recomendaron.

Vio al individuo: alto, delgado, con una barba y el cabello largo y canoso, un tanto desaliñado. Vestía harapos, descoloridos, arrugados y agujereados los mahones.

Le invadió un sentimiento de pena al verlo contando las monedas una a una para pagarle al mozo el monto de lo que se había comido: una orden pequeña de caldo de gallina y unos trozos de pan. 

Sacó varios billetes de su billetera y los puso en sus manos.

¿Qué leyó en su rostro? ¿Desconcierto? ¿Sorpresa?

Por unos breves momentos que parecieron durar una eternidad los ojos del hombre de humilde aspecto se quedaron mirando aquellos dólares que el extraño puso en su diestra. Parecía confuso, como si no entendiera la razón de aquel proceder y sin decir nada se los llevó a los bolsillos y caminó en dirección a la calle.

Una vez afuera, subio a un Cadillac, modelo exclusivo, del año, y se alejó dejando atrás el asombro.

  

© Maria del C. Guzmán