Llegó hasta el mostrador para saldar la factura de lo que se habia comido: un suculento salcocho que sus amigos le recomendaron.
Vio al individuo: alto, delgado, con una barba y el cabello largo y canoso, un tanto desaliñado. Vestía harapos, descoloridos, arrugados y agujereados los mahones.
Le invadió un sentimiento de pena al verlo contando las monedas una a una para pagarle al mozo el monto de lo que se había comido: una orden pequeña de caldo de gallina y unos trozos de pan.
Sacó varios billetes de su billetera y los puso en sus manos.
¿Qué leyó en su rostro? ¿Desconcierto? ¿Sorpresa?
Por unos breves momentos que parecieron durar una eternidad los ojos del hombre de humilde aspecto se quedaron mirando aquellos dólares que el extraño puso en su diestra. Parecía confuso, como si no entendiera la razón de aquel proceder y sin decir nada se los llevó a los bolsillos y caminó en dirección a la calle.
Una vez afuera, subio a un Cadillac, modelo exclusivo, del año, y se alejó dejando atrás el asombro.
© Maria del C. Guzmán
A la verdad que Carmen llego a mi. Soy una persona compasiva y me gustan que estos temas salgan al aire. Como una vez dijo hay Juanes que se llevan las flores pero hay mas de estos Con-artist en la calle que se pasan pidiendo dinero sin necesitarlo. Muy bello Carmen.
El viejo dicho de que las apariencias pueden confundir a los sentidos se torna en propósito de este microrrelato, En menos de un minuto de lectura la autora nos regala el asombro, porque el lector se siente también traicionado en su compasión por el inesperado final. Entonces se descubre que lo que molesta es haber conducido nuestra compasión por el camino de la prepotencia. En atribuirle al dinero el poder de mitigar cualquier situación de desamparo. Entonces el asombro rebota contra el propio lector que se dejo llevar al callejón sin salida por donde nos conduce la autora. Bueno que nos pase, por creer, no en las apariencias, sino en que todo se puede resolver con dinero.