A propósito del relato de Edwin Ferrer titulado Pantera , considero prudente añadir un poco de sabor a la mención del personaje en que basa su relato y que apodabamos Pantera. Su nombre de pila era Angel Luis Amadeo y su padre era un Placero que tenía su puesto de verdura en el mismo centro de la Plaza de Mercado de Salinas. Se le conocía como don Toño Amadeo, quien tenía varios hijos, entre ellos una hermana mentalmente impedida, un hermano que se llamaba Jorge, otro que le apodaban Nino y que fue asesinado por un policía a quien apodaban el “Entallao”.
El caso es que Pantera fue famoso desde que estaba en cuarto grado, cuando en un gesto de rebeldía y de protesta en contra de la imposición de tener que ir a la escuela y huyendo de Mr. Ocasio, se lanzó del segundo piso de la terraza de la escuela Palmer, logrando sobrevivir y más aún, sin sufrir un solo rasguño. Demás está decir que Don Toño lo dio de baja de la escuela.
En la plenitud de una cierta cordura, cruzó la frontera del Malecón y se adentró a la vida del Barrio Borinquen, una cierta Zona Roja donde imperaba la Ley de Los Machos con verdaderos cojones. Traficantes de pitorro, juegos prohibidos de todas clases, bares de putas a granel, espiritistas, curanderos, cantaores de rosarios (Luis Guiro) morrocoyos, plomeros, trabajadores de la caña; una verdadera universidad en la que los honorables del pueblo tenían a bien inscribirse pasadas las tres de la mañana, cuando el casco del pueblo y el Under The Trees apagaban sus luces. Entonces surgía la figura tenebrosa y peligrosa de Pantera. Junto con Carlitos Gero desarrollaron un temible equipo de juego de topos, baraja y de cuanto Dios crió, que se dedicaba a pelar a cuanto borracho y jugador de malos infiernos aparecía por el barrio. De ahí surgió su apelativo La Pantera.
El excesivo consumo de pitorro puro le desarrolló una carraspera permanente, que intentó disimular con la risa. Nadie quería ya jugar con él, pues creían que la carraspera era un sistema para telegrafiar jugadas. Entonces comenzó a reír y ya no pudo parar jamás. Mis hermanos y yo, para los años del 50, vivíamos en la calle Degetau en La Ciudad Perdida y como vecinos de Angel Luis, pudimos conocer de cerca su transformación en Pantera.
Yo despedí el duelo el día que lo enterramos, y al final de la oración fúnebre, pedí al grupo presente que lanzáramos una carcajada, Ja, JA; Ji, Ji, Jo, JO y terminé diciendo: así es la vida, UNA CARCAJADA.
© Dante A. Rodríguez Sosa
Mil Felicitaciones, Compueblano Narrador de Estampas Salinenses. Detrás de todo este relato puedo percibir, a pesar de las vicisitudes del pintoresco personaje, un profundo respeto, admiración y sobre todo una gran comprensión sobre Pantera. Mas te elogio porque como Lector que soy, nos presentaste respetuosamente su verdadero nombre, símbolo de seriedad al darnos a conocer a quien Salinas conoció simplemente como Pantera.
¡Así Se Hace Historia!
Con esta anécdota que camina al filo de una realidad contada, como deben contarse las cosas vivas, con viveza, mi amigo Dante entra polémico, pero no en ánimos de polemizar sino, como recurso para atraparnos en una lectura que, una vez terminamos la primera oración, no la soltamos para ver adónde nos llevará el fogoso hijo de Tilita.
Aunque conozco, en segmentos, lo contado por Dante, no dejó de asombrarle su manejo del drama coloquial en la narración que sabe llevar sin perderse en vagas y vanas divagaciones propias de quienes desconocen el oficio de contar o creen conocerlo en error.
Nuestro amigo hila muy bien el tejido narrativo. Sabe mantener el ritmo y el tono y sabe cerrar lo contado para dejarnos divagando en aquel día en Los Poleos cuando los que acompanaron a Pantera a su última morada, lo despidieron muertos de la risa.
Muy buena la anécdota, amigo Dante. Te exhorto a continuar deleitándonos con tu talento.
Josué
Ecos de historia Dante. Gracias por recordarnos a todos que detrás de la caña y el melao conocimos que en aquella gloriosa época también había muchos problemas sociales. Pero como fuimos fuertes, logramos por medio de la hermandad sobrevivir. Edwin.