Ángel Isián
Ante los ánimos levantados sobre una supuesta parodia de la Última Cena en la inauguración de los Juegos Olímpicos 2024 de París hay varios puntos a considerar. Principalmente porque el discurso sobre este tema ha sido de desconocimiento, vacío y superficial al que muchos meramente han reaccionado y no analizado.

1. No fue una parodia de la Última Cena. Eso ha sido sacado de contexto por alarmistas conservadores. Lo que parecía una mesa, era unas pasarelas. Detrás de la pasarela se ven más de dieciocho personas en lugar de los doce en la pintura de La última Cena (cuyo artista era italiano y por lo que no haría sentido referenciarlo aquí), por lo que verlo como una parodia de esta pintura no hace sentido. El evento era una desfile de moda con la participación de algunas de las transformistas más importantes de Francia (país conocido por su amor a la moda, y el transformismo ha cobrado mucha relevancia en la cultura francesa y mundial).
El desfile se supone que simulara una bacanal y hay una pintura de referencia que se usó por un artista francés de Dionisio, dios griego (de donde surgen las Olimpiadas) del vino, uno de los productos más emblemáticos de Francia. Como si fuera poco, el transformismo existía en la antigua Grecia y en las Olimpiadas, ya que espectáculos musicales y teatrales también se daban en las primeras olimpiadas porque no era considerado propio que las mujeres actuaran y esos roles las interpretaban hombres. El transformismo, por lo tanto, es parte de la historia del evento. En fin, que el mismo director artístico aclaró que su deseo era representar la diversidad de la escena artística parisina y francesa y seguir impulsando la inclusión y promocionando la diversidad. Eso es hermandad y fraternidad.
2. El arte no necesita excusa ni justificación, y por otro lado, parte de la cultura francesa es una firme creencia en contra de actos de censura como este (el lema del país sigue siendo Liberté, Egalité, Fraternité), y no puede haber libertad e igualdad si hay que excluir forzosamente a toda una comunidad para no ofender a otra. También creo que el mundo cristiano como colectivo puede ser algo narcisista, con el pensar que todo se centra en ellos. Que son el único referente religioso e histórico que tiene alguna importancia y que si hay algo que no les gusta porque va en contra de sus creencias es “del diablo” o satánico, aunque la cuestión no tenga nada que ver con el cristianismo o el diablo. Así, porque hubo música de rock pesado y una representación de Marie Antoinette decapitada, rápido salieron a decir que el evento era satánico. Satánico es mentir y levantar falso testimonio, ambos faltas a los mandamientos, A las que cristianos escandalizados no les han temblado la mano cometer referentes al evento y a las personas que participaron y lo organizaron.

3. Aun si hubiese sido una parodia, no sería ni la primera ni la última vez que se haya parodiado la pintura de la última cena de forma pública (hay miles de ejemplos). El centenar de veces anteriores que se han mofado de esta pintura en televisión y cine no ha causado esta reacción porque no es el acto lo que molesta sino quien lo hace (hombres en falda, maquillaje y peluca visiblemente afeminados teniendo espacio para expresar públicamente el arte del drag. La doble vara se ve a leguas. Dentro del mundo del transformismo hay muchos de los artistas que se identifican con el cristianismo aun cuando son rechazados por muchos de los de su propia fe. Fácilmente, hubiera podido ser igual un homenaje por lo ofenderse es una decisión personal y no refleja alguna falta ni el evento, ni en quienes organizaron los espectáculos.
4. ¿Qué de sagrado tiene una pintura? Un cristiano debe tener la sabiduría o al menos la fe de entender que Dios no puede ser burlado, que, si hay algo que no le place, a él le compete la justicia, que la labor del cristiano es en ocuparse en cosas del cielo y no en banalidades de este mundo. La pintura ni es Dios, ni es Cristo ni su esencia está contenida ahí. La última Cena de Da Vinci es una recreación que no es muy certera a lo que hubiese sido el evento real y encima de todo eso, tanto Da Vinci como su modelo preferido para interpretar a Cristo en sus pinturas eran homosexuales.
5. Hablar de valores es arma cargada; una navaja de doble filo. No todo el mundo tiene el mismo sistema de valores y quién es quién para decir que sistema es mejor. Para los franceses la libertad artística y de expresión es casi absoluta y ese es un valor suyo. Sí para el conservador no lo es, ¿hay que acomodarse al valor del conservador? Porque, para mí, ahí recae el problema, que, ante un mundo con sistema de valores desiguales, siempre hay esta suposición que quien tiene valores liberales debe acomodarse al que tiene valores moderados o conservadores. Siempre es el liberal quien se considera malo, perverso, y quien tiene la responsabilidad de acomodarse al valor del conservador. La sociedad es incapaz de exigirle responsabilidad intelectual y de empatía al conservador. En fin, que, para el conservador, tener que compartir el mundo con quienes divergen de sus estilos de vida y comportamientos es siempre una imposición. Mientras tanto al que siempre se le quiere imponer un estilo de vida y comportamiento conservador es al liberal aun cuando lo que hace ni le afecta al conservador, ni le impide llevar su estilo de vida. Este caso es un ejemplo claro de eso.
6. Claro, todo el mundo tiene derecho a no gustarle una representación artística y a criticarla y sus opiniones, pero la crítica es solo válida cuando es objetiva. Cuando la crítica es irracional, reactiva, desinformada, y encima utilizada para agitar las masas en contra de una comunidad que sigue luchando por su derecho a existir e integrase libremente en la sociedad, pues ahí se están abriendo para el escrutinio y para ser entonces ellos objetos de crítica.
©© Ángel Isián