A mi buen amigo Alberto Martínez-Márquez, una gloria de nuestras letras
Su primer semestre en La Católica lo puso en condiciones de hablar sobre la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. 3 en 1, la fórmula mágica.
Nadie se atrevió a argumentar, solamente un individuo que a pocos pasos daba sorbos de una copa y miraba con asombro al muchacho en su perorata.
—Disculpen ustedes —dijo el curioso, dando pasos hacia el grupo.
Todos lo miraron y el universitario se quedó a medio discurso.
Reinó el silencio.
El intruso corrigió al joven, que humillado, bajó el rostro.
—Aguántese un momento, don —interrumpió el padre del muchacho— Se ve a leguas que es usted hombre instruido y culto.
Todas las miradas se posaron en el viejo.
—Más o menos —respondió el interpelado.
—Yo tengo un cabro y tengo una vaca que se alimentan del mismo mazo de yerba y cuando cagan el cabro suelta unos mojoncitos así de chiquititos y la vaca una plasta así de grande. ¿Cómo se explica usted eso, don?
El hombre frunció el entrecejo. Se pasó una mano por la abultada cabellera. Caminó al mostrador y se empinó el último sorbo de whiskey que le quedaba en la copa. Volvió al grupo y derrotado, aceptó que no tenía respuesta para aquella interrogante.
—Entonces –dijo el anciano, encolerizado—, si usted no sabe hablar de mierda, ¿cómo carajo se atreve corregir a mi hijo en asuntos de religión?
© Josué Santiago de la Cruz