El río que discurre contiguo al oeste del casco urbano de Salinas se le ha conocido con tres nombres a lo largo de la historia: Abey,  Niguas y Salinas.  El más antiguo nombre que se registra es Río Abey y el que aparece en los actuales mapas es Río Salinas.[1]

Personalmente prefiero llamarlo Abey, primero porque deriva del valeroso nombre del cacique de la región y segundo porque las niguas[2] no me son de grato recuerdo.

El río Abey se forma por la confluencia, en el sector Rabo del Buey de dos afluentes, el Río Majada y el Río Lapa.  Otro afluente de nuestro río es la quebrada llamada “La Joya”[3] que entra al río a la altura de la barriada Caño  Verde y que nace en los terrenos del Campamento Santiago jurisdicción de Coamo. El afluente Majada que después de Las Lapas recibe el nombre de Río Jácome, nace en Carite jurisdicción de Guayama. Por su parte el Río Lapa nace en las vertientes de la Cordillera Central  y la Sierra salinas_(76)3de Cayey.  Además nutren al río las pequeñas corrientes que el excelso poeta salinense, Antonio Ferrer Atilano (Ferranto), llamó polícromas cascadas en su poema dedicado a Salinas.

El río  Abey. Como muchos otros de la costa sur de la isla, es intermitente y de poca extensión. Cuando llueve torrencialmente en sus cuencas, inicia un rápido descenso arrastrando todo lo que encuentra en su camino, se hincha y al chocar con el mar tiñe sus aguas marinas de rojo achocolatado. En esa lid, Neptuno, blandiendo su tridente, le dificulta vaciarse en las profundidades marinas.  Entonces,  el Abey, como engañando a quien le cortan el paso, se desborda y arropa gran parte de la comarca. El torrente suele inundar las tierras de La Margarita, La Playa, La Playita, Los Poleos, El Coco y las antiguas colonia cañeras.  A veces en su deseo de fecundizar a la mar llega hasta El Arenal.

Sin embargo en tiempos de sequía es un cauce sin río. Sus afluentes Lapa y Majada tienen todo el año un débil hilo de agua, pero en su discurrir hacia el mar desaparecen en el cauce  y no llegan a su destino.

Son pocos los jóvenes que, calmadas las aguas de un río, no gustan de bañarse en una buena poza o charca.  A lo largo del río Abey y sus afluentes existieron pozas y charcas que fueron el deleite de la juventud de mi época.[4] El río en sus crecidas moldeaba y deshacía las pozas a su antojo, pero algunas de ellas permanecían crecidas tras crecidas. Cada una de las pozas tenía un nombre, ya fuera tomado de la flora o de la fauna distintiva del lugar o surgido de la relación con la topografía, edificaciones, personas y sucesos.

Claveles fue la poza más famosa.  Estaba localizada en el afluente Majada en el barrio La Plena. La ribera de la poza era un llano que utilizaban anualmente para acampar los Niños Escuchas, capitaneados por míster Ramos.  La poza era la más profunda y estaba bordeada por enormes rocas, excepto por el lado sur. La roca del Este tenía tres picos, el más alto de unos quince pies sobre el nivel del agua. Desde esas tres piedras nos tirábamos al río.

Entre los bañistas que frecuentábamos Claveles estaban Edwin Luna, al que apodábamos Torito, Julio Lleras, Ariel Ortiz, Abraham Santiago y muchos otros jóvenes.  Llegábamos temprano y salíamos por la tarde.  Muchas veces hacíamos el recorrido de ida y vuelta a pie recolectando frutas por el camino. Abundaban las guanábanas, corazones, anones y tamarindos.  Algunas veces regresábamos corriendo una maratón hasta el pueblo.

Entre el sector Rabo del Buey y Sabana Llana había una poza que la llamábamos La Muralla.  La llamábamos así porque se formaba contigua a una estructura de cemento construida para evitar que el río se saliera de su cauce y destruyera la Carretera Número Uno.  En esa poza se bañaban, mayormente, los jóvenes de los barrios adyacentes.  Me bañé ahí solo un par de veces.

Los intentos de controlar al río y tomar el territorio que le pertenece, fallaron una y otra vez.  El río, con el correr del tiempo se llevó la muralla y la carretera.

La poza más antigua de que tengo recuerdo se llamaba Los Ausubos.  Estaba ubicada dentro de los límites del “Salinas Training Area”, hoy, Campamento Santiago. Se llegaba a ellaNo Trespassing atravesando los barrios Las Marías y Caño Verde y violando el No Trespassing del campamento militar.  El nombre de la poza se derivaba del barrio allí existente antes de la expropiación militar, que a su vez surgía de los árboles del mismo nombre que abundaban en aquel lugar.

En una ocasión fui a la poza Los Ausubos con Rey Ortiz, el hijo de Mingo El Cabro. En aquel lugar lavaban ropa las mujeres del sector. Ese día fue la primera vez que me bañe en el río.  Yo tenía unos ocho años de edad y no sabía nadar.  Ese día me aplicaron el método obligado de aprender a nadar. Rey me tiró a la poza sin contemplación alguna. No sé como, pero salí nadando.  Desde entonces me gustó nadar en el río y me metía en cuanta poza había.

Otra de las pozas famosas de aquel entonces quedaba en el recodo que hace el río luego de pasar la barriada Borinquen y antes de llegar al puente de Los Poleos. Se le conocía como La Moca, por un árbol de moca que había en ese lugar.  Esta poza duró poco tiempo.  Una crecida del río tumbó el árbol y la allanó para siempre.

También se formaron pozas aledañas a los puentes de la Carretera Número Uno y de la vía del tren. El puente de la carretera se elevaba unos diez pies sobre el nivel del agua y el de la vía unos ocho.  Lo excitante y peligroso eran los clavados desde ambos  puentes.

Por debajo del puente de la vía cruzaba de un extremo a otro del cauce del río una tubería de cemento de forma cuadrada. La tubería sobresalía unas seis pulgadas sobre el nivel del agua.  La usábamos como trono en un juego que consistía en una especie de lucha para tumbarnos al agua. El que quedaba sobre el trono ganaba el juego.

En una ocasión improvisamos un trampolín con una barra de metal grueso.  Creo que la idea se le ocurrió a Félix Ortiz.  Lo sujetamos al puente y de ahí nos lanzábamos al agua. Los clavados que hacíamos eran dignos de las Olimpiadas.

El río continuaba su imperturbable viaje hacía el mar y más allá de Los Poleos formaba una poza de agua salobre.  Esa poza permanecía aun cuando el río se secaba. La utilizábamos para bañarnos en tiempos de sequía.

Además de proporcionarnos la alegría de bañarnos en sus frescas aguas, el río nos proporcionaba alimento.  En los tiempos de crecida abundaban los camarones, sagas y anguilas.

Las crecidas del río Abey eran temidas y celebradas.  Eso llevó a que se construyera el malecón, una imponente barrera de cemento que impide que las aguas se desborden hacia el pueblo. Sin embargo, en algunas crecidas el río amenazaba con superar la barrera. En tiempos de crecida, la gente del pueblo se arremolinaba a lo largo del malecón para ver las aguas embravecidas del Río Abey.

Los más afectados por las crecientes del río eran los habitantes de Borinquen. La barriada estaba habitada por gente pobre.  Las condiciones de vida eran difíciles.  Para mayor desgracia era sede de bares a los que acudían los soldados y gente del pueblo buscando favores sexuales.  Eran muchos los cuartuchos que servían de tálamos de placer que se utilizaban para saciar los apetitos sexuales de clientes, con o sin rostros, y proporcionar unos míseros dólares a las trabajadoras del sexo.  Cuando en son de broma se le preguntaba a alguien si había cruzado la frontera, se quería decir si había ido a Borinquen a divertirse.

Cuando la crecida bajaba, surgían empresarios de Borinquen que improvisaban unos puentes rudimentarios de madera y cobraban algunas monedas para pasar al otro lado.

En una ocasión el río creció tanto que amenazaba pasar sobre el malecón.  Como sucedía en estas situaciones, la gente se arremolinó en el malecón para ver las embravecidas aguas.

Ya el río había pasado sobre el puente de la carretera y sobre el de la vía y se había metido a Borinquen.  En su vorágine, comenzó a arrastrar algunas de las casuchas que estaban en su orilla. Cada vez que se llevaba una de las casitas, la gente del malecón comenzaba a celebrar y gritar: —¡una más!—.  Los de Borinquen, ante la insensibilidad y falta de caridad de los que estaban en el malecón, comenzaron a lanzar piedras contra los gritones. Un joven llamado Paíto demostró tener una excelente puntería.  Al instante quedó desierto el malecón.

En otra ocasión, el río crecido rebasó el puente de la carretera e inundó la vega donde está enclavada la emisora Radio Hoy y un garaje de gasolina.  Juan López, el dueño de La Españolita, de manera temeraria, se metió al río por ese lugar.  La corriente lo arrastró hacia una verja de alambres de púas.  Juan no salía a la superficie y la gente comenzó a preocuparse.  Pasados unos minutos, emergió del agua como a unos treinta metros del lugar donde lo arrastraron las aguas embravecidas.  La gente suspiró de alivio, pero Juan estaba extenuado y la corriente amenazaba con llevárselo.  Alguien fue al rescate con una soga, logrando salir de aquel percance. Lo primero que hizo fue ir al negocio de Pepe Melero, que quedaba cerca del lugar, se dio un trago grande de ron y celebrando el acontecimiento dijo: —Nací de nuevo.—

Muchas otras historias de alegrías y tristezas como éstas se han tejido a la vera del río Abey.

El rumor del río y el olor de sus aguas achocolatadas por la creciente, infundían en mí una gran fascinación.  Todavía siento la misma sensación ante la creciente de un río.

Al igual que el Río Grande de Loíza, al que cantara nuestra Julia de Burgos, el Río Abey, el mío, es un río macho, impetuoso y bravío que corre libremente hacia el encuentro con la Madre Mar, donde se inicia el eterno ciclo del agua.

© Edelmiro J. Rodríguez Sosa


[1] Sergio A. Rodríguez Sosa, comunicación personal.

[2] Insecto semejante a la pulga que pone huevos bajo la piel del hombre y animales.  En el hombre causa gran picor.

[3] Corrupción de la palabra hoya que significa concavidad u hondura grande formada en la tierra.

[4] Década del 1950-60