Ambos nacieron y se criaron correteando por las pintorescas calles de Salinas. Se conocían de jóvenes.
Juan era pendenciero y se abrió paso en la vida a puño limpio. Su carácter violento lo llevó a pernoctar varias veces en las cárceles del país. Allí también fue un torturador y organizó una banda de desalmados y abusadores.
Pepito, que era un avezado entrenador y magnate del boxeo, vio un gran potencial en él. Lo firmó como boxeador profesional e hizo que lo entrenaran en el arte de fistiana.
Diez años más tarde, en una sangrienta pelea celebrada en el Madison Square Garden de Nueva York, se coronó campeón en la división pesada. Recibió una bolsa considerable.
Al otro día fue recibido por una muchedumbre en el Aeropuerto Luis Muñoz Marín de San Juan. Se le consideraba un héroe nacional. El gobernador lo recibió en La Fortaleza y las cámaras legislativas acordaron rendirle homenaje en una fecha oportuna.
Días más tarde se organizó un monumental homenaje en la plaza pública de su pueblo natal. A la actividad acudieron miles de personas de todos los rincones de Puerto Rico. La prensa deportiva escrita, radial y televisiva cubrió la actividad. Líderes deportivos, cívicos y políticos se prodigaron en elogios para el flamante campeón. Los salinenses expresaban su orgullo por el campeón.
Jaime, el otro salinense de esta historia se graduó de cuarto año de la Escuela Superior Luis Muñoz Rivera. Por su bajo promedio escolar y falta de recursos no pudo entrar a la universidad. Al no conseguir trabajo en su suelo natal, emigró a Nueva York. El día de su partida lloró amargamente porque dejaba los campos llenos de verdor de su amado Puerto Rico y los días estivales calurosos y las frescas brisas invernales de su pueblo natal. Su corazón le quería estallar porque también dejaba a su prometida. El avión despegó presuroso y por la ventanilla se podía ver una pálida mano diciéndole adiós a San Juan.
Comenzó su vida laboral fregando platos en varios restaurantes de la ciudad. Fue víctima de discrimen y lo soportó estoicamente. El frío le caló los huesos en los
inviernos de la gran urbe. Al cabo de dos años, luego de haber aprendido un poco de inglés, consiguió trabajo en una fábrica.
Regresó a Puerto Rico a cumplir con la promesa de casarse con la novia que había dejado al partir. Ella era una de las lindas flores silvestres del barrio La Plena. Una vez celebrada sin pompas, la boda en la capilla del barrio, regresó a Nueva York.
Residía en el ciento setenta y seis de Prospect Avenue. Procreó cinco hijos. Soportaron el frío intenso de la ciudad en apartamentos con apenas calefacción y el acoso de los italianos y morenos.
Con el trabajo arduo de ambos, encaminaron a sus hijos por el camino del bien y los estudios. Uno llegó a ser médico cirujano en la Clínica Mayo de Nueva York, otro profesor de la Universidad de Cornell y el otro varón, ingeniero aeroespacial en Cabo Kennedy. De las mujeres, una se convirtió en la jefa de enfermeras en el Methodist Dallas Medical Center y la otra en jueza de la Corte Suprema del Estado.
Luego de cuarenta años de trabajo esforzado, de penurias y finalmente de satisfacciones por la labor cumplida, Jaime y su esposa se retiraron. Decidieron regresar a su nunca olvidado y añorado Salinas.
En el aeropuerto Luis Muñoz Marín de San Juan no hubo recibimiento multitudinario. Sólo un hermano de él acudió a buscarlo. El gobernador no lo recibió en La Fortaleza ni las cámaras legislativas sesionaron para rendirle un homenaje. Tampoco se le rindió homenaje alguno en su Salinas natal.
©Edelmiro J. Rodríguez Sosa, 25 de octubre de 2009
Gracias por nada, lo que se merece no se agradece, amigo Edelmiro.
Dios te guíe!
Gloria
Gloria, gracias por tus certeros comentarios, no solo de mis narraciones, si no los escritos de los otros colaboradores de este blog. Esos comentarios nos ayudan a redondear el escrito y hasta comprenderlo mejor. Tienes un ojo clínico.
Saludos cordiales.
Edelmiro, querido, muy buena semblanza de esta sociedad planetaria en donde se dan estas desgraciadas postales de vida, los aplausos se los suele llevar el que menos los necesita o merece, duele en el corazón de los justos esta deformidad de lo valioso. Siempre digo que la farándula deportiva o actoral suele ser el becerro de oro de nuestro siglo.
Nadie premiará al que anduvo por la senda y preparó hijos de bien, pero también me resigno pensando que ¿Para qué sirve a los hombres que andan en integridad toda la adulación y algarabía falsa que le podría brindar el político de turno, el alcalde, el periódico tendencioso etc?
Felicitaciones, un relato para la reflexión.
Gloria