Eran como las tres de la mañana, y como casi todo Chile me desperté con un leve temblor que meneaba la cama. Por unos muy cortos segundos no sabía si era que alguien estaba moviendo algo o qué pasaba, después de todo yo jamás me había percatado de un mísero temblor en mi vida. Luego empezó a temblar un poco más fuerte y ya mi mente asociaba aquello con un sismo.
“¡Qué bien!”, pensé mientras me levantaba. “Mi primer temblor”. Algo parecido ya me lo esperaba, pues hacia unas pocas semanas ya había temblado la tierra, según leí desde Puerto Rico, y después de todo estaba en una ciudad sísmica…tarde o temprano tenía que pasar.
Traté de prender la luz pero ya no había electricidad. Estaba aquello totalmente oscuro. Entonces comencé a buscar la puerta del cuarto mientras me divertía con la dificultad que tenía al caminar por aquel piso tan inestable. Abrí la puerta del cuarto de mi roomate y dije:
–José, cabrón, despiértate, hay un terremoto—
La idea era que él también se levantara y disfrutara el temblor, pero nadie contestaba. Pensé que o estaba “en shock” (atónico o perplejo, como decía aquel anuncio), o no estaba allí. Insistí en llamarlo pero luego me di cuenta que estaba solo en el apartamento.
Seguí caminando y disfrutándome el temblor en espera de que, de un momento a otro, acabara. Según tenía entendido, los terremotos no duraban más de unos 30 o 40 segundos (todavía no he verificado si el dato es correcto, pero el punto era que eso pensaba). Pero seguía temblando, y yo seguía esperando. Y seguía y seguía temblando sin parar. Ya aquello estaba sospechosamente largo, pero por mi inexperiencia en estos asuntos pensaba que mi mente lo estaba calculando más duradero de lo que en realidad había transcurrido. Entonces pasó lo que no me esperaba: el sismo se intensificó, se intensificó y se intensificó a tal punto que ya hacía rato que dejé de ver aquello como un juego. Desde afuera se escuchaban algunas explosiones (que aún no sé de qué), y en el apartamento comenzaron a caerse las cosas. Escuché el espejo del baño caer, y las paredes crujir. El sismo estaba bien bien fuerte. Increíblemente siguió intensificándose más y más y supe que no era el temblor de la cotidianidad chilena: era un terremoto. Un gran terremoto.
Unos días antes de viajar a Santiago había leído que aproximadamente cada 20 años ocurre un Gran Terremoto en Santiago, y el último fue en el 1985. La propia página web, dedicada al turismo, advertía que ya incluso se había pasado el tiempo, y que en cualquier momento estaba por suceder la catástrofe. Por eso ya sabía que las probabilidades de vivir ese gran terremoto en los seis meses que iba a estar eran altas. Aún así no me preocupé mucho, porque tenía entendido que la infraestructura anti-sísmica de Santiago era excelente.
Pero mientras recordaba aquello, tuve la sensación más horrible que he experimentado: el edificio no solo estaba temblando y crujiendo, sino que comenzó a mecerse de lado a lado como una hamaca. Yo jamás esperaba que un edificio se meneara de lado a lado. Aquello me parecía imposible a menos qué…estuviera a punto de derrumbarse. No había de otra; el edificio estaba a punto de caerse, pensaba yo. Abrí la puerta para escapar y, como si fuera poco, recordé que había una verja de hierro detrás de la salida del departamento que solo puede ser abierta con llave, incluso desde adentro y…guess what, yo no tenía la llave, la tenía mi roomate que se encontraba fuera. Estaba encerrado, con el piso temblando, las paredes crujiendo y el edificio completo meciéndose como cuna de bebé.
En momentos así, a algunas personas se le ocurren grandes ideas que las ejecutan en el momento indicado con una asombrosa asertividad. Yo no reaccioné de esa manera. Mientras el terremoto aún seguía intensificándose, no hice otra cosa que esperar…yo pensé que aquello era un jaque mate: si la verja estaba cerrada, no había nada que hacer. Después un amigo me comentó que me quedaba una alternativa, que era abrir la puerta del balcón y tirarme, pues era un tercer piso, “que no es tan alto”. Afortunadamente en aquellos instantes no se me ocurrió esa idea, que probablemente me hubiera parecido buena ante las circunstancias.
Hasta que por fin dejó de temblar. La experiencia fue una maldita eternidad. Treinta o cuarenta segundos después se escuchaban las sirenas de bomberos y ambulancias en las calles, mientras que dentro del edificio escuchaba a las personas desalojando sus apartamentos con la asistencia del guardia de seguridad de turno.
–No me digas que estás encerrado ahí—me dijo la vecina, una señora de unos 50 años, cuando la alumbré con el iPhone detrás de las rejas de aquella trampa mortal de verja.
Le dije que sí, que no tenía llaves, y me contestó:
–Pues dale gracias a Dios que el edificio no se cayó, porque es viejo y el terremoto fue muy fuerte—. Luego se dio la vuelta y se fue, junto con todos los demás.
“Cabrona”, murmuré.
Yo me quedé allí, encerrado, a oscuras, solo, esperando de un momento a otro las replicas esas que mencionaban tanto, mientras pensaba en qué tan probable sería que aquel viejo edificio aguantara un poquito más, en lo que alguien se le ocurría como sacarme.
©Eugenio Martínez Rodríguez (Tomado de Tinta Digital)
El autor es un salinense estudiante de derecho que se encontraba en Santiago de Chile cuando ocurrió el violento terremoto en febrero, que por la turbación que le causó el fenómeno, pudo al fin escribir sobre el mismo 4o días despues.
En mi caso era que no tenía las llaves, pero mucha gente se quedó encerrada por el terremoto: el temblor hacía que el marco de la puerta se descuadrara y luego no abriera.
Fue terrible para todos, yo también quede encerrada sola con mi hija, pero los carabineros pasaron en el mismo instante en que ocurrió, ellos estaban patrullando el sector, nos sacaron justo en el instante en que todo caia y la electricidad hacia su parte. Estubimos a punto de que nos calleran los cables de 380 voltios. Dios estubo con nosotras, la vida nos cambio mucho desde ese dia 27 de febrero.